lunes, 15 de mayo de 2017

La tragedia del Tranque Mena, gran catástrofe en Valparaíso el 11 de Agosto de 1888.

En la misma fecha: el 10 al 11 de agosto de 1888, casi al mismo tiempo en que el paso de las crecidas y tormentas de la Zona Central afectaban a Chile, también en Santiago echaban abajo el Puente de Cal y Canto. No satisfecho el destino con tanta desgracia sobre Valparaíso, otra de las catástrofes que ha debido soportar el primer puerto de la república y en la que tuvo gran participación su Cuerpo de Bomberos, fue la que se originó alrededor de las 08,00 de la mañana del día martes 11 de agosto de 1888, cuando se sintió un gran estruendo que estremeció a los habitantes del cerro Florida y sus alrededores, tras una noche de grandes e intensas lluvias....

Enorme almacenamiento de agua contenía el Tranque Mena y que al reventar uno de sus muros de contención como consecuencia de la inmensa presión, dejó escapar hacia el plan en pocos segundos 100.000 m3 de agua (60.000.000 de litros). Una ola roja de fango gredoso se precipitó cuesta abajo arrastrando desde troncos hasta personas. Más toda una inmensa carga de desperdicios que descendía sin control de una altura de 277 metros sobre el nivel del mar, a través de la Quebrada San Juan de Dios (hoy Av. San Juan de Dios y subida Ecuador), arrasando con todo lo que encontraba a su paso, principalmente por las calles Yerbas Buenas y General Mackenna. La fuerza del torrente descontrolado que dejó abandonada en la plaza, entre peñascos, escombros, maderas, pozas y lodo, una enorme roca de dos metros arrancada de cuajo con todo su tonelaje desde los cerros, la que permaneció por un buen tiempo más ahí, antes de ser removida. Otra roca quedó encallada junto a la Escalinata Murillo, sin poder ser retirada jamás. En el primer momento la gente pensaba que se había salido el mar, fue lo que después se conocería como “la catástrofe del Tranque Mena”. La represa cedió y en medio de ruidos aterradores, y con una fuerza incontrolable, el torrente de agua y barro se precipitó hacia el plan de Valparaíso arrastrando a su paso un gran número de viviendas y a sus moradores. Dejó daños millonarios y un lamentable saldo de más de una cincuentena de víctimas que fueron arrastradas por el violento torrente, quedando sepultadas bajo el lodo que cubrió e inundó desde la Plaza de la Victoria, Plaza Aníbal Pinto, hasta calle Esmeralda, cubriendo el lugar con más de 1 metro de escombros bajo los que yacían cerca de 60 personas sin vida, muchas de las cuales serían arrancadas junto a sus casas por la mortal avalancha. Además de las pérdidas materiales y de 700 heridos. Esta represa estaba construida mediante el cierre de una garganta rocosa para almacenar agua a 270 metros del nivel del mar en los altos de los hermosos cerros Yungay y San Juan de Dios, tenía una capacidad para almacenar cerca de 60.000 m3. El tranque medía en su base 40 metros y en su parte superior 15 metros, con una altura de alrededor de 17 metros. A él se accedía por la calle que continua a Yerbas Buenas alojándose al fondo del ceno que forman los cerros Florida y Yungay por sobre el “Camino Cintura”, actual Avda. Alemania. Pertenecía al agricultor y Regidor porteño don Nicolás Federico Mena acaudalado y solitario vecino del lugar que poseía en ese sector un gran fundo de 66 hectáreas a fines del siglo XIX, las que ocupaban casi en su totalidad el cerro de la Florida, con ello aseguraba el regadío de sus tierras, abastecía su Fábrica de Hielo y de Cerveza, El catálogo de la Exposición Nacional de Agricultura de 1869, señala que la Cervecería y fue fundada en el año de 1854. El establecimiento que ocupa 12.000 m2, tiene una cañería para extraer el agua de las quebradas y es usada para su fabricación. Empleaba como materias primas la cebada del país. Ocupaba 40 o 50 obreros, todos chilenos, y produce 12.000 litros diarios, de los cuales el 70% se consume en la región, exportándose el resto para las costas del norte y sur del pacifico. La maquinaria que usaba fue en gran parte construida en el extranjero”. También había una cantidad importante de agua para un sector de la población porteña que habitaba en el sector. Además, distribuía agua de la vertiente que extraía de la quebrada Yungay. Como dato complementario es bueno señalar que habían otras pequeñas cervecerías: entre otras la de Franz Duve, Pedro Frugone, M. Haertel y Cía., Pedro Martín, Juan Pigati, Gmo. A. Rohde y Cía., Ramón Zilleruelo. Sin embargo, la represa de don Nicolás Federico Mena fue construida sin permiso municipal y era sólo de tierra. Mena aumentó su altura, sin ninguna autorización como muchas edificaciones espontáneas de Valparaíso que desde sus inicios se fueron construyendo libremente. Por la ubicación y altura de la cota sobre el nivel del mar, con la cantidad de agua almacenada 60.000 m3 (70.000.000 de litros) esto ocasionó una desgracia de descomunales proporciones, porque durante el invierno del año 1888, el tranque se vio sobrepasado de agua. El día anterior había llovido copiosamente sobre Valparaíso y el martes 11 de agosto de 1888, amaneció con leve llovizna que posteriormente disipó despejándose parcialmente, sin que nada hiciera presagiar la tragedia. A los pocos minutos y sin que la población casi lograra comprender, una impresionante masa de agua, barro y rocas se derramó por el cerro, destrozando todo cuanto encontró a su paso dejando destrucción y muerte. Un terraplén en el Camino de Cintura aguantó una buena parte de la avalancha, lo que significó que la catástrofe no fuera mayor, aunque luego de unos 15 minutos, también cedió, pero el aluvión bajó con menos fuerza, abarcando otras calles. Pablo Neruda eligió ese sector para establecerse y así poder “Vivir y escribir tranquilo”, El médico y gran amigo del poeta Dr. Francisco Velasco Núñez ha expuesto, en La Sebastiana, muchas veces son paisajes de oleos de Valparaíso y retratos de cercanos al doctor en homenaje al escritor. El Doctor cuenta que el vate se levantaba muy temprano y escribía todos los días, pues no creía en la inspiración. Agrega que "Pablo era muy bueno para hacer fiestas, y eran entretenidas, porque él era muy entretenido, ingenioso e inteligente". “Los años con Neruda fueron muy felices, porque no sólo conocí a Neruda, también a grandes personalidades amigos de él, como Francisco Coloane" y a Salvador Allende, este último extraordinaria persona y para quien su mujer, la artista María Martner García, realizó un gran escudo chileno con piedras naturales, como ágatas y cuarzos. -Pablo compró la casa “La Sebastiana” a medias con el Dr. Velasco; el vate se quedó con los pisos superiores y doctor disfrutó por 30 años del primer y segundo piso, el subterráneo y el jardincito. También lo habitó en algún momento el recordado libretista nacional Arturo Moya Grau, luego de ocurrir hace más de 120 años una de las más grandes tragedias que recuerde el puerto. La crónica de la época relata que don Eugenio Huberle se despidió ese día de su esposa en el sector alto de la ciudad y se dirigió a la botica del señor Eisele donde trabajaba, en la actual calle Condell. Luego de la avalancha, don Enrique Campusano, dueño de la tienda “La Colmena” atajó un bulto que arrastraba el barro. Una vez que le lava el rostro el señor Huberle reconoce a su esposa de quien momentos antes se había separado. Su casa había sido destruida y su hijita Blanca Aurora de año y medio, había fallecido. También informa de otros episodios sórdidos: “el caso de Nicolás Torres. Tenía su sastrería en lo que es la actual calle Pirámide. Su familia fue atrapada por el torrente. Murieron su esposa, cuatro hijos menores, y dos sastres que trabajaban con él. Don Nicolás fue llevado por la corriente hasta el sector de la calle O’Higgins, y desde el segundo piso de una casa le lanzaron una cuerda y milagrosamente pudo salvarse”. En una carnicería de Bellavista murieron dependientes y clientes y sólo se salvó una persona que providencialmente se tomó de un gancho para colgar carnes. Las tareas de salvataje de personas aisladas o arrastradas por las aguas; fueron extremadamente difíciles y peligrosas; en ellas se destacó el bombero y más tarde Capitán de la 7ª Cía. “Bomba España” don Enrique Campusano, quien fue distinguido por su valerosa actuación salvando la vida a varias personas, recibiendo por ello una “Medalla al Valor” de la Asociación de Salvavidas de Valparaíso. La búsqueda de cadáveres, por varios días, fue agotadora y penosa, pero el Cuerpo de Bomberos cumplió nuevamente con su deber. Tal fue la cantidad de barro y agua que se juntó en el lugar, que para transitar por el sector se debieron utilizar botes en el sector más afectado de calle (Carlos) Condell. Antonio G. Cornish Besa, Secretario General del Cuerpo de Bomberos de Valparaíso en la Memoria correspondiente al año 1888 señala; “Ocurrido el 11 de Agosto de 1888 el desbordamiento del Tranque Mena, con lamentable pérdida de numerosas vidas y grandes perjuicios para una parte de la ciudad, el personal del Cuerpo prestó espontáneamente sus servicios y ellos fueron reconocidos por las autoridades en la nota que figura como anexo”. INTENDENCIA DE VALPARAÍSO (Nº 1.396) Valparaíso, Agosto 20 de 1888.- Su Excelencia el Presidente de la República, Don José Manuel Balmaceda Fernández, en nota fecha 17 del actual, me dice lo que sigue: “La conducta de las autoridades i de la sociedad de Valparaíso para reparar su última y cruel desgracia, ha sido propia de un pueblo abnegado i animoso. En mi nombre, y en el de la República que tengo el honor de dirigir, envío a Uds. mi palabra de justicia i de aliento. La envío muy especialmente al Cuerpo de Bomberos, que ha cumplido sus deberes virilmente, ennobleciendo la institución i dando ejemplo a todos los bomberos de Chile. Los pueblos que así entienden i practican sus deberes son superiores a toda desgracia”. Lo que transcribo a Ud. para su conocimiento i fines consiguientes. Dios guarde a Ud. FRANCISCO FREIRE. Al Señor Superintendente del Cuerpo de Bomberos don Manuel del Río. INTENDENCIA DE VALPARAÍSO (Nº 1.440) Valparaíso, Agosto 22 de 1888.- El I. Cabildo, en sesión de anoche, acordó dar las gracias al Cuerpo de Bomberos por los importantes y abnegados servicios que ha prestado a la ciudad con motivo de los desgraciados sucesos acaecidos el 11 del corriente. Al transcribir a Ud. el anterior acuerdo me es satisfactorio unir a él mis propios agradecimientos. Dios guarde a Ud. FRANCISCO FREIRE. Al Señor Superintendente del Cuerpo de Bomberos don Manuel del Río. He aquí tal vez la inspiración que tuviera el cantautor porteño Osvaldo “Gitano” Rodríguez al referirse en su canción al sino trágico de Valparaíso; “Y vino el temporal y la llovizna con su carga de arena y desperdicios. Por ahí paso la muerte tantas veces la muerte que enlutó a Valparaíso". La catástrofe pudo ser evitada si es que las autoridades hubiesen puesto la atención necesaria a las denuncias que se venían haciendo hacía más de dos años respecto del peligro que significaba dicho almacenamiento de agua en la parte alta de Valparaíso. Sin embargo nada se hizo. El hijo de don Nicolás Federico Mena, don Marcelo Mena Luna (1860-1932), tal vez cargando en su conciencia la horrible tragedia que ocasionara el descuido de su padre, antes de morir destinaría una cuantiosa fortuna (53.152,44 Libras de oro) para la creación de una fundación que construyera un hospital para niños que recibiría el nombre de Marcelo Mena y que popularmente se conoce como “Consultorio Mena”. En la actualidad una inmensa roca de varias toneladas puede ser vista encajada a un costado de la escala Murillo la misma que recorre en paralelo al ascensor al cerro de la Florida, y que es mudo testimonio de la fuerza que tuvo la avalancha. En el mismo cerro una calle principal y plaza recuerdan el apellido de ésta familia porteña que por desgracia apellidan una de las tragedias más grandes que ha sufrido Valparaíso. La peligrosidad del tranque fue denunciada en la prensa hacía más de dos años y sin embargo nada se hizo ni antes ni después, hasta que el tiempo dio la más horrible de las razones. En su testamento dispuso en definitiva la creación de cuatro fundaciones, para un Hospital, un Asilo de Ancianos, una Escuela Industrial y un Patronato para la repatriación de emigrados chilenos en el extranjero, constituyéndose en un nuevo filántropo de nuestra comunidad. La plaza y la calle Mena, recuerdan a esta familia indisolublemente ligada a Valparaíso. A un costado de esta plaza hay un mirador hacia el plan de Valparaíso justo sobre la plaza Victoria. El 11 de agosto cuando se produce la gran tragedia en el camino Cintura, lugar donde se había construido el tranque para retener aguas lluvias que le servía al señor Mena para el riego de sus tierras, se detecta lo mal construido del estanque y forma precaria lo que provocó el derrumbe de la frágil represa. En su camino hacia el plan el agua se deslizó por la quebrada Yungay, (hoy Avda. Yerbas Buenas), dejando el centro de la ciudad sembrado de restos de casas y cadáveres. El Cuerpo de Bomberos de Valparaíso desplegó sus mejores esfuerzos desde los primeros momentos, cooperando en la extracción de víctimas sepultadas en el lodo. En esta catástrofe resultó seriamente dañado el cuartel de la 4° Cía. “Almte. Manuel Blanco Encalada” la Cuarta (1885-1903), ubicado en calle San Juan de Dios,( hoy Carlos Condell de la Haza) y en las mismas dependencias del edificio funcionó también, en forma paralela, la Novena (1858-1898) y la Cuarta (1885-1903) Compañías de Bomberos de Valparaíso, donde hoy se ubica el Club Naval de la Armada de Chile (04.04.1918) denominado en sus albores como Círculo Naval (05.04.1885), resultando dañado el mobiliario y los archivos de la Unidad Bomberil. El 24 de marzo de 1889 se reinauguran las dependencias remodeladas del cuartel de calle San Juan de Dios (hoy calle Condell) y al antiguo Callejón Huito (hoy calle Molina). El saldo final fue trágico; 57 muertos y 300 heridos graves (mutilados en su mayoría). La familia Mena quedó marcada por la tragedia y de ahí se origina esta suerte de “compensación” de don Marcelo Mena. Cuenta el profesor Sáez en su libro: “este hijo heredó una fortuna considerable, y nunca se casó ni tuvo hijos. Durante su vida no tuvo ningún rasgo de filantropía, pero el 18 de mayo de 1925 firmó un testamento en el que dejaba toda su fortuna a cuatro fundaciones”. Conociendo esta historia, a lo que se suma la hoy nula presencia de la Fundación Mena en el consultorio, los vecinos abrieron un plazo para entregar las propuestas para un nuevo posible nombre para el centro. Esto, porque siempre se consideró en este proceso la mantención del actual nombre, “Marcelo Mena”. Según explicó el presidente del Consejo Local de Salud del sector, Serapio De la Cruz, “primero se recibieron las ideas de los usuarios del consultorio, y después se hizo una preselección entre todas las que llegaron, de donde salieron finalmente las que fueron votadas por la gente. Siempre se dijo que la mantención del nombre también podía ser votada, y se votó por una nueva propuesta”. El resultado fue sorprendente. Cerrado el recuento, 152 personas votaron por mantener el nombre “Marcelo Mena”, mientras que 147 lo hicieron por la opción “Michelle Bachelet”. Otras opciones fueron “Pablo Neruda” (22 votos), “Bicentenario” (40 votos), y “Mena” a secas (54 votos). Pareciese que la fuerza de las tradiciones es poderosa. Los vecinos destacaron que ”Es primera vez que esto se hace en Valparaíso”, los participantes quedaron orgulloso del ejercicio democrático realizado por la comunidad que se atiende en el consultorio, proveniente en su mayoría de los cerros de la Florida, de las Mariposas, de las Monjas, de la Bellavista, Yungay y San Juan de Dios. Ahora, a esperar la inauguración y puesta en marcha del nuevo consultorio “Marcelo Mena”, que seguirá recordando al personaje histórico que marcó el sector con su beneficencia, intentando borrar el desastre que dejó la ambición desmedida de sus antecesores, autores de una de las páginas más tristes en la larga historia de desastres de Valparaíso. ¿Sabrán esa historia los vecinos que votaron por mantener el nombre? 
Valparaíso 1851 (hrm/cca)

"Valparaíso al Trasluz", Alfredo Larreta y Julio Hurtado, 2010 (p. 77-79) - Fundación Mena   Foto y texto de Mario Ortega P. - Profesor Leopoldo Sáez, escritor libro “Valparaíso - Nombres, Lugares y Personajes” - Valparaíso bajo el agua", Alejandro Osorio Estay, Cineasta.

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lunes, 8 de mayo de 2017

La Jornada del Hambre, viaje de los Bomberos de Santiago, al Terremoto de Valparaíso el 16 de agosto de 1906.

Entre los escasos libros de temas bomberiles escritos en nuestra patria, hemos encontrado uno de ellos que; grafica lo que fue la participación de bomberos en el terremoto del jueves 16 de agosto de 1906 a las 19,55 horas en Valparaíso; Capital Marítima de la República. Su autor el distinguido bombero de la Sexta Cía. “Salvadores y Guardia de Propiedad” de Santiago, Galvarino Ponce. A modo de génesis antes de la llegada de bomberos de la Capital se puede señalar que el 16 de agosto de 1906 amaneció con el cielo parcialmente despejado en la ciudad. Se suponía que sería un día hermoso camino a la primavera, sin embargo a media mañana el cielo se cubrió y una extraña llovizna empezó a caer en el puerto. A las 19,55 horas poca gente andaba en las calles. La mayoría estaba en casa cenando, en sobremesa o ya descansando en cama.
 
 Durante 4,55 minutos la tierra se sacude con fuerza, se tranquilizó durante otros 15 segundos y nuevamente se sacudió con insólita y desconocida fuerza durante eternos 90 segundos. Cuando los 8,6 grados se retiran quedan en el puerto más de 3.000 muertos y una estela de incendios que iluminan el cubierto cielo de la ciudad durante toda la noche y los saqueos se castigaron con fusilamiento en plena calle sin juicio alguno. El 16 de agosto de 1906, siendo presidente Germán Riesco Errázuriz y estando ya elegido su sucesor Pedro Elías Pablo Montt Montt, sobrevino el peor terremoto que, en número de muertos, supero a los anteriores ocurridos en Chile. El terremoto había sido anunciado hasta con indicación de lugar y hora de ocurrencia. El Capitán de Corbeta ;Arturo Middleton, jefe en ese entonces de la Oficina Meteorológica de la Armada de Chile, basándose en estudios anteriores del Capitán de Marina Mercante Alfred J. Cooper (autor del libro Solectrics; a theory explaining the causes of tempests, seismic and volcanic disturbances and other natural phenomena : how to calculate their time and place (1917), señalaba: Los resultados obtenidos por el capitán Cooper provienen de investigaciones de cientos de observaciones y de cuarenta años de práctica las que casi en su totalidad han coincidido con diferentes fenómenos atmosféricos. Están basadas todas ellas en situaciones relativas de luna, planetas y sol, tomando la primera como factor principal y la que por su influencia es la que hace variar en intensidad los diversos fenómenos y según la posición que ocupe sobre su órbita”.Después de describir las teorías de Cooper, Middleton concluía: Si en las circunstancias anotadas anteriormente los círculos de la luna y el sol se interceptan,formarán dos puntos críticos que serán los de mayor peligro”. Finalmente, el diario “El Mercurio” de Valparaíso publicó la carta de Middleton el 6 de agosto en pequeño espacio indicando: REPÚBLICA DE CHILE ARMADA NACIONAL Pronóstico sobre fenómenos atmosféricos: La Sección de Meteorología de la Dirección del Territorio Marítimo ha pronosticado fenómenos atmosféricos y sísmicos para el día 16 del presente mes, basada en las siguientes observaciones. El día fijado habrá conjunción de Neptuno con la luna y máximo de declinación norte de ésta. A causa de estas situaciones de los astros, la circunferencia del círculo peligroso pasa por Valparaíso y el punto crítico formado con la del Sol cae sobre las inmediaciones del puerto. Cap.C.C.  Arturo Middleton. En la crónica La catástrofe del 16 de agosto de 1906 en la República de Chile publicada ese mismo año, los autores se preguntaban “¿Tuvo alguien en cuenta en ese día la predicción del capitán Middleton?”. responden: Seguramente no, porque desde hacía algunos años, los anuncios de días críticos de otro origen habían fracasado y caído en completo desprestigio”. Terremoto A las 19:55 horas, cuando la mayor parte de la población estaba comiendo, se oyó un ruido subterráneo y antes que este terminara se produjo el primer remezón, que duró alrededor de cuatro minutos; El segundo se produjo a las 20:06 y, aunque duro dos minutos, fue muchísimo más violento, completando la ruina de la ciudad. Valparaíso quedo prácticamente destruida. El barrio El Almendral (de la Plaza de la Victoria hasta el Cerro Barón) ardía en sus cuatro costados y los muertos se contaban por miles. Tampoco se salvó el Mercado Cardonal, el Teatro de la Victoria y la Intendencia, la Gobernación Marítima en la Plaza Sotomayor y el Muelle Fiscal en el Puerto, entre otros edificios. Los incendios devastaron extensas áreas de la ciudad ya destruidas por el terremoto. Las réplicas ocurrieron durante toda la noche, contándose 56 de ellas durante las primeras veinticuatro horas; causando permanente intranquilidad agregándose el temor de que la tierra se abriera y de que ocurriera un maremoto. Según muchas personas el mar se retiró y dejó en seco la playa al pie del malecón, calculándose que el descenso de las aguas fue de aproximadamente cuatro metros bajo el nivel de esa hora; al regresar las olas, los malecones impidieron la inundación de la ciudad. El terremoto provocó graves daños en la zona central de Chile desde Illapel a Talca. Sentido en Tacna a Puerto Montt generando un maremoto. Levantamiento de suelo ocurrido a lo largo de la costa desde Zapallar de Llico (cerca de 250 kilómetros o millas 150). VIAJE DE LOS BOMBEROS A VALPARAÍSO (CON MOTIVO DEL TERREMOTO DEL 16 DE AGOSTO) LA JORNADA DEL HAMBRE AUTOR: GALVARINO PONCE, BOMBERO DE LA 6ª COMPAÑÍA DEL CUERPO DE BOMBEROS DE SANTIAGO. Explicación: Poco antes de partir a Valparaíso mi capitán me ordenó que redactara un diario con las novedades del viaje. Las líneas que van en seguida forman ese diario. Algunos compañeros benévolos han deseado se publiquen para guardar el recuerdo de esa jornada azarosa. He suprimido algunas observaciones íntimas i he agregado otras para hacer menos árida su lectura. He pensado que podía venderse este folleto i el producto de su venta podría aliviar algún dolor. I me he acordado de los huerfanitos que trajimos de Limache. Es, pues, para ellos todo lo que se reúna por la venta de este cuaderno. No necesito invocar sentimientos caritativos a mis compañeros; sé que ellos, sus madres i hermanas, acudirán presurosos a depositar la limosna que destinarán a los que no conocieron el más grande de los cariños! GALVARINO PONCE 16 de octubre de 1906 EL VIAJE DE LOS BOMBEROS A VALPARAISO En la noche del 18 de agosto se reunía en los salones de la Comandancia del Cuerpo, un grupo numeroso de bomberos que deseaban escuchar las resoluciones que tomaría la Comandancia, sobre el viaje a Valparaíso. Después de una discusión corta, se acordó que las comisiones partieran al día siguiente. El señor Superintendente don Ismael Valdés Vergara dijo en aquella ocasión: No creáis, señores voluntarios que el viaje sea fácil. Las privaciones i los sufrimientos serán vuestros compañeros inseparables. Os recomiendo llevéis abrigo i provisiones i que la esperanza de ser útiles, haga menos penosa la marcha. Con estas palabras se dio por terminada la reunión. Cumpliendo las órdenes impartidas, a las 9 A.M., en punto, estaba formado el Cuerpo en los andenes de la Estación Central. Los capitanes de Compañía se habían esmerado en seleccionar de su personal los jóvenes más trabajadores i entusiastas. El señor Superintendente Valdés, el Comandante Phillips i los Capitanes Ayudantes, pasaron revista en medio del mayor silencio. Se ordenó en seguida ocupar los carros del tren especial que a los pocos minutos partía, en medio de los adioses de los compañeros que quedaban al cuidado de la ciudad. Llevamos como jefe al 2º Capitán Ayudante, don Alberto Mansfeld. La marcha fue lenta; la línea está en mui mal estado, el maquinista va inseguro; es el segundo tren que corre después de la catástrofe; el primero lleva a los señores Ministros de Guerra e Interior i ha partido tres horas antes. Por todas partes se divisan murallas, pircas i ranchos destruidos. Los edificios de las estaciones i bodegas están destruidos unos, agrietados otros. En el Túnel de la Paloma se hace un trasbordo dificultoso, la entrada norte está obstruida por grandes peñascos desprendidos de los altos cerros. Aquí encontramos una Compañía de Ingenieros Militares que ha hecho un camino por fuera del túnel i que nos ha servido para hacer el trasbordo. Esta tropa parte a Llai-Llai, antes que nosotros, en tren especial que lleva orden de volver por el Cuerpo. Tenemos que luchar constantemente con un sinnúmero de paisanos que ocupan los carros i dejan a los voluntarios, no solo sin asiento, sino también sin lugar para seguir el viaje. Van cerca de trescientas personas en dos carros de primera. Los enviados i corresponsales de la prensa santiaguina se abren paso valientemente para llegar de los primeros. Los corresponsales fotográficos, para hacerse gratos, enfocan sus máquinas a cada momento… Varios paisanos tienen sus familias en Valparaíso i van desesperados; los más son curiosos, a quienes no lleva otro propósito que recibir impresiones. En algunas estaciones encontramos personas que vienen a pie desde el puerto i que nos refieren escenas tristes i desgarradora, talvez exageradas. Nosotros preguntábamos: ¿siguen los incendios? ¿Hay vidas que salvar? ¿Será oportuna nuestra llegada? El pueblo de Llai-Llai, antes tan alegre i bulliciosa, ofrece ahora un aspecto desconsolador. Aquí no formamos una idea de cómo podía estar en Valparaíso. El señor Superintendente recorre el pueblo i parece que sufre ante tanta desgracia i tanta miseria. El noventa i cinco por ciento de las casas están destruidas; sus pobres habitantes recorren las calles como enfermos, mirando las ruinas i los escombros humeantes. Las chimeneas de los hornos i fábricas están derrumbadas; los hoteles mudos, ni un alma cerca de ellos. El médico de ciudad, nuestro amigo el doctor Hermosilla, nos dice que hasta ese momento, 3 P.M., se han sepultado cerca de 60 cadáveres; los heridos son innumerables, se han concluido los desinfectantes, no hay morfina para calmar los dolores. Es mui difícil encontrar pan. A las 9 P.M. llegamos a Limache, término del viaje en ferrocarril. Muchos fuimos partidarios de seguir inmediatamente, pero órdenes superiores nos hicieron pernoctar allí; quedamos descontentos, queríamos llegar pronto, trabajar, demostrar nuestro esfuerzo i de lo que éramos capaces. Por algunas personas nos impusimos que el pueblo estaba totalmente destruido. No hay nada que comer. Algunos voluntarios duermen en el mismo carro en que hemos viajado, otros sobre montones de pasto seco, muchos hacen fogatas para espantar el frío de aquella noche cruel, las mismas sirven para cocer papas, único alimento de muchos voluntarios en aquel primer día de nuestro viaje. Los señores Ministros duermen en esos momentos en un carro, un centinela los cuida. DIA 20 A los gritos de ¡levantarse! ¡arriba! Despertamos: serían las 05,00 de la mañana. Arreglado el equipaje, emprendimos la marcha envueltos en una neblina densa i oscura. La esperanza abrigada desde la noche anterior de que el Regimiento Lanceros, pudiera darnos una taza de café, fue una ilusión forjada en la mente de algún voluntario alegre. Algunos empleados de la estación nos acompañan con luces que alumbran miserablemente hasta el puente del ferrocarril. A nuestro lado marchan paisanos en cuyos rostros se advierte el sufrimiento i la falta de alimentación; han dormido en el suelo, desean seguir viaje con el Cuerpo. Algunas compañías entonan marchas, en silencio, otros silban. Pronto despierta la mañana. La neblina se aleja flojamente i deja descubierto los árboles i la verdura; los pájaros sacuden sus alas i cantan, saludan a la aurora. Llega el sol brillante i todo lo alumbra con alegría; los campos están hermosos i se recuerda al poeta inspirado que dijo: I tus campos de flores bordados, Son la copia feliz del edén … Todo invita a la alegría, el corazón ríe, el estómago olvida sus ansias crueles… Al medio día el sol incomoda demasiado; los cascos i las gruesas cotonas no son apropiados para esas marchas. La alegría ya no es nuestra compañera, avanzamos mudos, sudorosos, con la cabeza inclinada. A esa hora la 5ª toma la vanguardia, se aleja con orden. Algunos bomberos queremos llevarnos la gloria de llegar primero a Peñablanca i avanzamos en desorden. Hai un poco de amor propio escondido en el pecho de cada bombero. Lleva la punta uno de la 10ª; luego sigue la 5ª i al lado de ésta, un bombero de cada una de las compañías 2ª, 6ª i 7ª sigue impertérrito con su hacha al hombro. En Peñablanca encontramos un poco de pan, una taza de té i harina tostada. Descansamos una media hora i se dio orden a la 5ª para que siguiera de avanzada hasta Quilpué, donde haría preparar alimentos para todos los compañeros. A las dos horas de camino no se había ordenado descanso i esto obliga al Teniente de la 6ª a tomar la siguiente medida: Mi compañía hace jornadas de una hora i descansa cinco minutos. Esta medida dio excelentes resultados i se cumplió estrictamente. Parece que la 2ª hizo algo parecido, pues en los momentos que descansábamos, la vimos pasar en buen orden. En el camino encontramos escasas provisiones. El pan se cuidaba como oro. En Peña Blanca vimos al voluntario de la 6ª, don Juan Fleischmann, desprenderse del único que guardaba, para obsequiarlo al médico de ciudad de Santiago, doctor Donoso Grille, que ese día no había comido. Las damas i los vecinos más respetables nos esperaban en Quilpué, con galletas, té, charqui, etc. Este fue el origen feliz de la “Olla del Peregrino”, que tantos servicios prestaron en aquellos amargos días a todos los que por allí pasaban, incluso el Exmo. Señor Montt. Fue tanta la atención de aquellas nobles personas, que el recuerdo de ellas quedará gravado eternamente en el corazón de todos los bomberos que hicieron el viaje. Antes de entrar en aquel cariñoso pueblo, otra familia nos había obsequiado con un vaso de buen vino que reconfortó nuestro cansado cuerpo. Con aprobación unánime, el simpático Schinor de la 5ª, gritó, antes de partir: “Por el pueblo de Quilpué hip! hip! hurra”, que fue contestado inmediatamente con los tres hurras reglamentarios. No es exagerado decir que el camino del ferrocarril estaba tan concurrido como cualquiera calle de Santiago. ¡Tanta era la jente que huía de la desgracia! Dos encuentros produjeron en nuestro espíritu una honda impresión que arrancó más de una lágrima. Encontramos a un bombero de Valparaíso; iba con su casco, llevaba en sus brazos a uno de sus hijos; le acompañaba su mujer, vestida de luto. Al vernos el desgraciado compañero nos dijo al pasar, con pena i amargura “mientras unos van, otros vienen”. No había tiempo para hacer preguntas que tal vez ahondaran dolores… Enseguida encontramos a un antiguo cuartelero de la 6ª i 7ª, que llevaba en sus hombros los dos únicos hijitos que había salvado. “Los demás murieron aplastados”, nos dijo, i siguió su camino bajo un sol abrasador, con hambre i sed. Una pobre mujer se nos agregó en el camino i junto con nosotros hizo varias jornadas sin demostrar cansancio ni fatiga, era una madre que iba a Valparaíso a ver su único hijo…En el Salto nos esperaba un tren de carga que nos llevó rápidamente a Viña del Mar, donde nos obsequiaron pan i cerveza. El señor Superintendente don Ismael Valdés Vergara, con una galantería exquisita i con cariño cuidaba a sus voluntarios i veía que todos estuvieran satisfechos. Aquí pudimos apreciar los nobles sentimientos de este caballero, que en nuestro entusiasmo juvenil de bomberos de otros años, no habíamos comprendido. Esa misma tarde seguimos a Valparaíso, desembarcamos en el Barón.Pintar el cuadro que se ofrecía a nuestra vista es tarea imposible, donde se detuvieran nuestros ojos veían edificios en ruinas i humos de incendios. Mirando hacia el puerto se veía la ciudad envuelta en una especie de oscura neblina, eran los restos de la conflagración de la ciudad! Entramos por la Gran Avenida. Todo el mundo nos miraba con curiosidad compasiva, varias señoras lloraron al vernos tan llenos de tierra i tan cansados. Todos querían saber de Santiago, pues no tenían noticia de la capital. Parece que olvidaban sus penas por saber la suerte de los habitantes de Santiago. ¿Mucho han sufrido? Nos preguntaban todos. En la Plaza de la Victoria, que estaba convertida en campamento, hicimos alto; se llamó a los oficiales de cada compañía i se les dijo: el cuerpo de bomberos queda sometido desde este momento a la autoridad militar i a todos los rigores de la ley marcial; se prohíbe murmurar i criticar las órdenes de las autoridades. Luego se nos puso a las órdenes del Comandante Schönmayer, militar activo i enérgico que nos señaló el sitio de nuestro campamento: Gran Avenida, jardines frente a la Sección de Detenidos. Dio las órdenes para que un grupo de voluntarios trajera víveres, sacos de porotos, papas, cebollas, harina i todos los elementos necesarios para hacer el rancho. Cada compañía nombró su ranchero, mientras los demás preparaban las carpas i recogían de los edificios derrumbados leña en cantidad suficiente. Luego ardían las fogatas i los porotos principiaron a ablandarse con grande alegría de nuestra parte. Nos preparábamos para comer i entregarnos al descanso cuando se nos ordenó formar. Eran las 8 de la noche. Principiaba a quemarse uno de los grandes edificios que teníamos al frente i se nos llamaba para que prestáramos nuestros servicios bomberiles. Dirigidas las miradas al incendio se pensó que era cosa de un momento impedir su avance, pero no había material de trabajo: ni escalas, ni hachas, ni ganchos, sólo una bomba con poca presión… El comandante Schönmayer comprendió nuestra situación i nos ordenó entonces salvar el mobiliario i la mercadería en peligro. Esta orden, hay que confesarlo, produjo un malestar profundo en las filas de los bomberos, no porque se nos hacía trabajar sin elementos de salvaje, sino porque era una locura mandarnos a edificios desplomados a recoger muebles, como si roperos viejos pudieran compararse con la vida de un bombero!! Sin embargo se trabajó con entusiasmo i se salvaron mercaderías valiosísimas. Mientras tanto el fuego seguía su obra devastadora, ardía una manzana íntegra que alumbraba siniestramente la pobre ciudad. ¡Nunca habíamos presenciado un incendio tan colosal! Se comprendió el peligro que corría la manzana vecina, en la que había numerosas casas comerciales i el Gran Hotel, valioso por su instalación. El comandante Schönmayer se desespera; de pie sobre una mesa, con su revólver a la cintura da órdenes oportunas i enérgica. Llama a sus soldados para que ayuden a los bomberos i les dice: “Hai que salvar los muebles del Gran Hotel; el que tome una botella, es hombre muerto; espero que la tropa siga cumpliendo con su deber como lo ha hecho hasta aquí”. Los soldados avanzaron silenciosos i en formación de batalla.Todos trabajan.

Mientras tanto en el entretecho del quinto piso del edificio indicado, trabajaban cuatro voluntarios: El Capitán Ayudante Horacio San Román Orrego de la 2ª, Cía. Blancheteau de la 7ª; Cía. Alberto Ried Silva de la 5ª Cía. i el que esto escribe. Se hicieron esfuerzos sobrehumanos para impedir que prendiera el fuego. Se recogieron todos los baldes de las habitaciones i se trató de llenarlos con agua que especialmente arrojaba un pitón desde la calle. Todo fue inútil; el calor del incendio vecino nos impedía estar más de dos segundos en las ventanas; el agua que nos dirijan para refrescarnos se convertía inmediatamente en vapor. El esfuerzo hecho por estos cuatro voluntarios fue presenciado por el señor Ministro de la Guerra, por todas las demás compañías, por bomberos de Valparaíso, por la tropa i por una infinidad de paisanos. El fuego rompió de repente i apenas quedó tiempo para escapar. Un momento más, el humo i las llamas nos envuelven. Otra manzana ardía i las llamas gigantescas que parecían elevarse hasta el cielo, alumbraban con tanta claridad los cerros que podían distinguirse perfectamente los más pequeños detalles. El comandante Schönmayer fue desde ese momento el hombre más popular entre los voluntarios. Cualquiera broma era contestada inmediatamente por la irremediable fórmula “hombre muerto”. Hay que dejar constancia que ese militar, mirado por nosotros como un loco en aquella noche, es un excelente caballero, de nobles sentimientos. Nos facilitó colchones en que dormir, i si no es por esta atención habríamos descansado sobre la humedad del jardín. A la una de la mañana comimos unos porotos i una excelente cazuela o cosa parecida, preparada por el eximio i simpático ranchero Juan Fleischmann. Después de protestar enérgicamente de la manera de roncar de Sabino Casou, nos quedamos profundamente dormidos. Este día lo ocupamos en distintos quehaceres. Una parte del cuerpo recibió orden de trasladar mercaderías de las estaciones del Barón i Bellavista i de varias bodegas al campamento militar, contiguo al nuestro, donde individuos de tropa repartían al numeroso público que las pedía con ansias. Hombres, mujeres i niños luchaban empeñosamente por recibir una escasa ración de carne o de frijoles. Los más fuertes atropellaban a las mujeres por lo cual el distinguido comandante Schönmayer dividió los grupos, medida ésta que fue muy aplaudida. ¡Los chicos, los pobres niños pedían pan i no había pan quedarles! En todos los rostros se marcaba el sufrimiento i la amargura, amarrados al corazón de aquellas gentes en esos días crueles i fatídicos. Los bomberos santiaguinos mitigaron más de algún dolor, pues de sus propias provisiones obsequiaron a mujeres i niños que las recibían con lágrimas en los ojos. Pudimos observar el noble i generoso caso de que un voluntario entregara el almuerzo de sus compañeros a un grupo de pobres mujeres que no habían comido desde el día anterior! En la tarde la 6ª recibió orden de trasladarse a los cementerios 1 i 2 a relevar a la 7ª, que estaba ocupada en abrir fosas i sepultar cadáveres. Tarea es esta que a cualquiera que no está acostumbrado a ella, le impresiona; sin embargo trabajamos como sepultureros i dimos tranquilo lecho bajo la madre tierra a más de cien muertos, muchos en estado de putrefacción. A la 6ª, en compañía de dos voluntarios de la 11ª i a las órdenes del Teniente de la 2ª, le correspondió el triste i penoso deber de dar santo sepulcro a ocho hermanitas de los pobres aplastadas por una misma muralla. En abrir las fosas nos acompañaron como cuarenta individuos que trabajaron solo por una ración en crudo. Desde el campo santo, totalmente destruido, divisábamos la ciudad. Hasta nosotros llegaban como extraña música, los golpes de millares de martillos que golpeaban en las planchas de zinc. ¡Eran los hijos de ese pueblo viril que preparaban las nuevas habitaciones! I pensamos que con tales hombres la ciudad resurgiría más hermosa i más grande, para gloria de Chile i de sus hijos. Los martillos seguían golpeando i nosotros también, con palas i barretas, seguíamos abriendo profusas fosas. En la tarde bajamos del cerro silencioso i tristes. Repartimos la ración en crudo a los que nos ayudaron i dimos cuenta del término de nuestro trabajo al Comandante Militar. Este aprovechó nuestra presencia para hacernos retirar de los escombros de una muralla volada con dinamita, el cadáver de un fusilado el día anterior. Lo arrastramos hasta un carretón de la policía de aseo, cargado de muertos, entre los que iban mujeres, hombres, un guardián con su uniforme, todos en macabro desorden. En seguida nos ordenó retirarnos al campamento después de decirnos le dijéramos si nos faltaban alimentos para hacerlos enviar inmediatamente. Sentimientos tan generosos comprometieron nuestra gratitud. En nuestra carpa recibimos la visita del doctor González Olate antiguo i querido compañero de la 6ª. Ha curado una gran cantidad de heridos i va en esos momentos al Hospital San Agustín a continuar su generosa tarea; no le queda tiempo para cuatro palabras. Vimos pasar al Excmo. Señor Montt; recorría la ciudad inmediatamente después de haber desembarcado. Va visiblemente conmovido. En la mañana hemos visto pasar a dos infelices rodeados de tropas; los llevaban a fusilarlos; un sacerdote los acompaña i les reza. A cierta distancia de los soldados va un público numeroso con deseos de presenciar el trágico fin de esos infames, son incendiarios… Hemos visto también a un pobre muchacho con los brazos amarrados por las espaldas, que lo traían, no sabemos de dónde, dos agentes de la sección secreta. Su rostro es simpático, tiene unos veinte años, va bien vestido con un traje plomo, lo llevan al campamento militar. Lo seguimos ávidos de presenciar el resultado de esa prisión. Los agentes se encuentran con un paisano que les dice: ¿I éste? Es bandido,contestan. Entonces hay que balearlo. El pobre hombre protesta de su inocencia, dice que es trabajador de un señor cuyo nombre no recordamos, que le permitan sacar de un bolsillo una libreta en que consta lo que afirma. No se le escucha. En el campamento no está el Comandante Schönmayer, se llama a un Teniente que pregunta ¿Trae parte? ¿Se ha sorprendido robando? No, contestan los agentes, lo hemos tomado por sospecha, además lleva este cuchillo, i entregan un puñal. El muchacho quiere defenderse pero no le es permitido; dos soldados lo amarran con alambres por las muñecas, se le pone centinela i los agentes se retiran satisfechos. Más tarde le vimos pasar; se le había dejado en libertad… ¿Se probó su inocencia? ¿Había alguna equivocación? ¿Era víctima de una venganza? ¿Quién era el sujeto que dijo a los agentes hay que balearlo? No pudimos averiguarlo i no lo sabremos nunca. Pero este hecho típico viene a destruir la creencia que existía i existe aún en muchos, que a cualquier individuo i por cualquier falta se le fusilaba sin más trámite. No, las autoridades militares parece que procedieron en toda circunstancia amoldándose a la más estricta justicia i al criterio más sereno. Como a las 5 P.M. se nos ordenó recorriéramos cuidadosamente todos los edificios de una manzana, para imponernos de si había fuego, pues se temía, i talvez con razón, que los encargados de las mudanzas dejaban preparado el incendio… No encontramos nada digno de mención. En los momentos que reventaba una bomba de dinamita aplicada por individuos de la armada, para destruir un edificio en ruinas, nos encontramos con nuestro amigo el doctor Carlos López López, de nacionalidad boliviana, en compañía de los estudiantes de medicina, señores Julio Moscoso i Rómulo Romero. Se habían adelantado al grueso de la ambulancia que venía de la capital i después de una marcha penosa i llena de privaciones llegaban a ponerse a las órdenes del activo e inteligente doctor Grossi. La actitud de estos profesionales es digna de aplausos, tanto más si se considera que dos de ellos son extranjeros. Les ofrecimos inmediatamente nuestra carpa i comida que aceptaron reconocidos. El doctor López i sus ayudantes, sentados en el suelo, comieron esa noche, con bastante apetito un modesto plato de papas i un trozo de queso, pero sin pan. Les facilitamos además un colchón i uno de nuestros abrigos. En la noche hicimos guardia, a cada compañía le correspondía una hora. A las 8 P.M., al lado de nuestro campamento se fusiló a un bandido i su cuerpo quedó allí hasta el día siguiente, amarrado a uno de los árboles del paseo… A media noche se escuchan los fuertes estampidos que producen los explosivos en los edificios que aun arden i el fuego, en sus agonías, alumbra aun, con resplandores siniestros la ciudad destruida i atemorizada. DIA 22 A las ocho de la mañana recibimos la inesperada orden de alistarnos para volver a Santiago. El cuerpo se dividió en dos secciones, una compuesta por las seis primeras Compañías, i al mando del Capitán Horacio San Román Orrego partiría inmediatamente i la otra el día 23. En la Plaza de la Victoria, en la carpa de la primera autoridad i en presencia del Comandante Luis Gómez Carreño se nos armó con carabinas i las municiones correspondientes. Se temía que nos asaltaran i se corría, con visos de mucha verdad, que una veintena de jóvenes santiaguinos habían sido asesinados en el camino. Dejamos a Valparaíso con el alma enternecida i haciendo votos fervientes por su rápido resurgimiento. Desde el Barón hasta el Salto el viaje se hizo por ferrocarril sin novedad. Nuevamente principia la marcha a pie bajo un sol ardiente. En Quilpué fuimos nuevamente atendidos en la “Olla del Peregrino”. En este pueblo nos encontramos con los estudiantes de Medicina i médicos de Santiago. Vienen a pie desde Limache i cada uno de ellos trae un enorme paquete de charqui. Después de servirse algunos refrescos siguen viaje al norte. Nos hicieron infinidad de preguntas sobre el estado de Valparaíso. En Quilpué recibió orden la 6ª de seguir como avanzada hasta Villa Alemana de donde pediría a Limache por telégrafo un tren para el grueso. Nuestra compañía cumplió fielmente con lo ordenado por la superioridad; hizo una marcha forzada hasta Villa Alemana donde se le dijo había un tren lastrero que podía llevar a los bomberos. Después de un viaje duro i penoso alcanzó el tren, pero su maquinista se negó a esperar, por lo que nuestro entusiasta Teniente Farmer, ordenó que dos voluntarios siguieran hasta Limache en la máquina, mientras él esperaba en la estación con los demás compañeros, al Capitán Horacio Horacio San Román Orrego. Los dos voluntarios obsequiaron por el camino el pan que les quedaba a un oficial de ejército, que con numerosos soldados hacia trabajos en la línea i que no tenía ese elemento indispensable en toda comida. Llegamos a Limache en los momentos en que el señor Ismael Valdés Vergara i Ministro de Industria tomaban el tren en dirección a Santiago. Fuimos atendidos cordialmente por estos caballeros i el señor Ministro dio las órdenes necesarias para que nuestros deseos fueran satisfechos. Por el telégrafo de la estación se puso el siguiente telegrama. Comandante de Bomberos — Villa Alemana — Tren en una hora más — La sesta. A las 7½ P.M. llegaron los demás compañeros en carros de carga i se pernoctó allí en la misma forma anterior. Había alimentos en cantidad suficiente. Esa tarde llegaron a Limache numerosos miembros de la colonia italiana de Santiago que iban a prestar sus servicios gratuitamente a los afligidos habitantes del pueblo. Los dos voluntarios que llegaron primero a Limache fueron atendidos generosamente por varias familias. DIA 23 A las 8 A.M. estamos listos para seguir a Santiago. Antes de partir se entrega a nuestro cuidado un grupo como de 50 huérfanos de ambos sexos, algunos heridos i que deberíamos traer a la capital. En el camino los voluntarios juntaron todo el pan que llevaban i lo repartieron entre los chicos. Algunas señoritas les obsequiaron chocolate i los atendieron primorosamente; se les dio también agua recogida en una estación i parecían los pobrecitos estar muy satisfechos. En el túnel de la Paloma, cada bombero tomó un niño en los brazos para hacer el transbordo. Los trabajos para despejar la línea avanzan rápidamente; el interior del túnel está alumbrado para comodidad de los pasajeros. A ambos lados hay soldados con rifles. Camino ya directo a Santiago, el maquinista dio toda fuerza a la máquina. Fue aquello algo espantoso. La ferretería de los carros crujían como si se fueran a desarmar, varias señoras principiaron a llorar i a pedir que se detuviera el tren. Los que íbamos en el carro del carbón no nos dábamos cuenta de la alarma que había en los vagones, pero advertíamos que el tren avanzaba de una manera vertiginosa i que los ayudantes del maquinista habían perdido sus gorras arrastradas por el viento enorme que producía el convoy en su marcha. Un voluntario, nos grita i nos advierte el peligro, nos habla del pánico de los pasajeros. Se amenazó al conductor de la máquina para que regularizara la marcha. Los maquinistas de la 1ª i 5ª que viajaban en el carro carbonero hicieron cálculos matemáticos que demostró la velocidad increíble del tren: ¡cerca de noventa kilómetros por hora! En una de las estaciones en que el tren se detuvo se hicieron por casi todos los pasajeros, cargos al maquinista por su imprudencia. Un clavo malo, un obstáculo cualquiera en la línea, habría sido suficiente para producir una catástrofe espantosa. Seguimos por fin a Santiago, dispuestos a disparar nuestra carabina al maquinista, si este insistía en llevarnos con tanta velocidad. A las 4 i minutos P.M., se detenía el convoy i entregábamos los huérfanos en el Asilo de la Avenida Matucana de esta ciudad, en medio de la curiosidad de una inmensa cantidad de gente, mucha de la cual lloraba ante las dulces i tiernas escenas que se producían al saludarse las monjas de Limache i de Santiago. A los pocos momentos desembarcamos en la Estación Central, donde centenares de personas nos abrían calle i nos preguntaban por Valparaíso i sus desgracias.Mui variados comentarios hemos oído sobre este viaje después de nuestra llegada. La mayor parte de ellos son favorables para el Cuerpo, pero han circulado algunos con el objeto de empequeñecer el esfuerzo gastado por la juventud bomberil. No pudimos prestar nuestros servicios en forma debida porque las circunstancias no lo permitían. El material de trabajo de los voluntarios porteños estaba en su mayor parte bajo los escombros i nosotros no podíamos haber llevado el nuestro, por la falta absoluta de medios de transporte. Se mantiene, pues, siempre muy en alto, el deseo que nos guió al emprender la marcha sin más propósito que la de servir a nuestros semejantes en horas de dolor i desgracia. No debíamos ser nosotros los que dejáramos constancia de estos hechos si creyéramos que existe la modestia. Cada voluntario supo cumplir con su deber en todo momento i el noble uniforme se mantuvo en toda circunstancia siempre limpio i digno de su historia. Nadie podrá levantar su voz para señalar un hecho que haga desmerecer a un miembro de la institución, pero en cambio, ¡cuántas palabras de agradecimientos se pronunciaron en aquellos días tristes en que nosotros repartíamos provisiones o las teníamos a nuestro alcance! Nuestro viaje a Valparaíso podemos compararlo muy bien con una levantada de noche, cuando nos llama la lúgubre campana de alarma. Nadie es testigo del esfuerzo que gastamos para acudir presurosos. La ciudad duerme. Por los campos, fueron muy contados los que nos vieron a marcha forzada camino de Valparaíso… ¡Hemos quedado tranquilos i satisfechos! Nuestra intención fue santa! El recuerdo de ésta jornada vivirá perennemente con nosotros en la misma forma en que guardamos todo acto de servicio en que exponemos la vida sin vacilaciones ni dudas. No cerraremos estas líneas sin enviar antes un voto ferviente de aplauso a nuestros leales compañeros de Valparaíso. Fuimos testigos de sus desgracias, de sus esfuerzos i de sus fatigas. No olvidamos tampoco a los voluntarios de Concepción y Talcahuano que con elementos de trabajo llegaron por mar a Valparaíso en la misma mañana de nuestra llegada. PRECIO DE VENTA $ 1.- A BENEFICIO DE LOS HUERFANOS DE LIMACHE Notas: 1.- Este escrito es una transcripción del folleto editado en el año 1906, cuyos 500 ejemplares emitidos fueran confeccionados en la “Imprenta y Casa Editora de los Hnos. Ponce” y que como se menciona en su final, fueran vendidos en la suma de $ 1.- en beneficio de los huérfanos de Limache.Mr.Humberto Landi Lespinasse, ingresó a la 5ª compañía del Cuerpo de Bomberos de Valparaíso, el 14 de abril de 1906 para iniciar una carrera en la que alcanzó a servir todos los cargos de los servicios activos y administrativos de la “Compagnie”; por ejemplo en 1914 fue Capitán por primera vez y, en 1928, Director, cargo que sirvió ininterrumpidamente hasta el 4 de noviembre de 1950. Pasó luego a ser Tesorero General del Cuerpo de Bomberos de Valparaíso entre los años 1950 a 1952; para llegar a ocupar el cargo de Vice-Superintendente del Cuerpo en 1954; culminando pronto como Superintendente en los años 1955 y 1956 cuando le correspondió celebrar el esperado Centenario de la existencia de la “Pompe France” de la que fue siempre destacado Voluntario. Llevaba tan solo, 4 meses y dos días de ingresado a Bombero cuando ocurrió el terremoto de Valparaíso de 1906. A los 8 años de servicio ya era capitán de compañía; sirvió el cargo de Director por 22 años. Y oficial general por 6 años, llegando a ser Superintendente de C.B.V. Además fue el presidente numero °12, del Club de Fútbol Santiago Wanderers entre 1927-1928 Condecorado con el grado de Caballero el 14-06-1951 por el gobierno de Francia “ Personnalités décorées dans l’Ordre National de la Légion d’Honneur. Valparaíso 1851 (hrm/cca)                                                                                                        
Fuentes: Bombero don Pedro Torti Besnier, 2° Cía. "Esmeralda" de Santiago / Wikipedia/ Cineasta don Lautaro Triviño Hermosilla, Valparaíso Antiguo: Terremoto de 1906 / www.segundinos.cl 2° Cía. "Esmeralda" de Santiago / Viaje de los Bomberos a Valparaíso, del Bombero don Galvarino Ponce 16.10.1906.

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martes, 2 de mayo de 2017

Testimonio de la tragedia de Valparaíso, vivida por Rosato Cruciani, Capitán 1° Cía. Cuerpo de Bomberos Viña del Mar el 1° de enero de 1953.

                Jueves 1º de enero de 1953 a las 02,10 horas A.M. treinta y seis bomberos, un Mayor de Carabineros, un Marinero de la Armada de Chile y doce civiles mueren horriblemente destrozados a consecuencia de la gran explosión de la bodega de la Dirección Provincial de Caminos (Vialidad), del Ministerio de Vías y Obras (hoy Obras Públicas), mientras apagaban un incendio de grandes proporciones que afectó a la “Barraca Schultze” ubicada junto al fatídico lugar.
                El sector amagado por el siniestro correspondía al extremo de la manzana en el cuadrante de las calles Ramón Freire, Blanco Encalada, Manuel Rodríguez y Avda. Brasil. En su interior se encontraba la Barraca de Maderas Schultze, ubicada en la Avda. Brasil Nº 2085 esquina Ramón Freire, anexo a la cual se construía el edificio del Departamento de Caminos de la Dirección General de Obras con ingreso por calle Blanco Encalada Nº 2064. El centro de la manzana era ocupado por la Maestranza Chile cuyo administrador era el ingeniero Hernán Corssen Müller (hijo del destacado ingeniero Federico Corssen Decher, quien reflotara el Dique de Valparaíso) y en el otro extremo se ubicaba el edificio Polanco.... 


Por el lado de calle (Ramón) Freire y frente a la barraca, estaba el antiguo edificio de los cuarteles Cuarta, Quinta y Novena Cías; en el mismo lugar funcionaba provisoriamente la Central de Alarmas del Cuerpo, mientras se terminaban las obras del nuevo Cuartel General en Plaza Rafael Sotomayor Baeza. Ello permitió que la señora María Zúñiga de Bucarey, Operadora Jefe de la Central fuera la primera en ver el trágico siniestro y dar la alarma general. Rápidamente las Compañías llegaron al lugar amagado y se inició la lucha contra el fuego; a cargo del Cuerpo y del combate se encontraban en la Avda. Brasil el Comandante Ernesto Budge Alcalde (1ª Cía), secundado por el 2º Comandante José Arnoldo Serey Sagredo (8ª Cía.) con la ayuda del 3º Comandante Juan Milesi Urrutia (6ª Cía.), ambos por calle Blanco (Encalada). El incendio había tomado dantescas proporciones, producto de la inmensa hoguera producida al quemarse grandes castillos de madera que iluminaban casi toda la ciudad; el fuego se extendió a los patios del edificio en construcción del Departamento de Caminos, formando lo que más tarde se denominaría el “Callejón de la Muerte”. En el lugar se encontraba gran cantidad de tambores con combustible y cajones con explosivos, los que se guardaban en un cuarto de construcción ligera y en el subterráneo del inmueble. A continuación se transcribe el testimonio de la tragedia de Valparaíso vivido por el entonces Capitán de la 1ª Cía. de Bomberos de Viña del Mar, señor Rosato Cruciani López escrito el 1° Enero de 2009. “Esa noche del 31 de diciembre de 1952, como de costumbre, fuimos con mi esposa Elsa y mis tres hijos, Jaime, Eduardo y Domingo a saludar a mis padres en su casa de calle Viana. Pasada la media noche regresamos a nuestra casa en calle San Miguel, sector Agua Santa.- En esa época yo era Capitán de la 1ª Cía. de Bomberos de Viña del Mar “ José Francisco Vergara”. Vecino nuestro era don William Kenchington Manzen, Capitán de la 11ª Cía. “George Garland” del Cuerpo de Bomberos de Valparaíso que con un grupo de familiares y amigos celebraba la llegada del nuevo año. Al percatarse de nuestra llegada salió a invitarnos a su fiesta. De esta forma, después de acostar a nuestros hijos, nos fuimos con mi esposa a celebrar con nuestros amigos. Esto era más o menos a la 01:00 del 1° de Enero de 1953.- Compartíamos alegremente cuando a eso de 02:00 A.M. llega un llamado telefónico desde la 11ª Cía. de Valparaíso, dando cuenta a su Capitán que la Eleven Fire Company había sido despachada a un incendio declarado en la Barraca Shultze ubicada en Av. Brasil casi esquina de calle Freire. Inmediatamente ofrecí a William llevarlo a Valparaíso en mi automóvil por estar este premunido de sirena de alarma (Ver nota al final), lo que facilitaría el desplazamiento por la Av. España que por la fecha se encontraba muy congestionada.- Desde lejos pudimos apreciar que el incendio era de enormes proporciones ya que ardían varios castillos de madera los que a su vez estaban cubiertos con aserrín como era usual en las barracas. Para sofocarlo no parecía haber dificultades. Solo era necesario inundar con grandes cantidades de agua ya que no había peligro de propagación.- Por la parte posterior de la barraca incendiada, hacia el lado norte, con salida hacia calle Blanco se encontraba la bodega de la Dirección de Caminos (hoy Vialidad). Ninguno de los Bomberos, Carabineros y civiles que estaban presentes sabía que en este local se encontraban almacenados 20 cajones de pólvora, dinamita, fulminantes y muchos tambores con petróleo, parafina y bencina contraviniendo todas las normas de seguridad.- El cuidador de este local hubo de ser sacado por bomberos en completo estado de ebriedad y tal vez este sea el hecho por lo que no avisó de la presencia de los explosivos. Después de dejar al Capitán Kenchington en su cuartel de la 11ª Cía. me fui, como buen bombero, a ver el incendio. Me ubiqué en la puerta de entrada de vehículos al local de la Dirección de Caminos. A mi izquierda se encontraba el Mayor de Carabineros Sr. Albornoz que estaba a cargo de las fuerzas de orden. A mi derecha había un carro telescópico con su escala estirada en cuyo extremo estaban tres bomberos trabajando con un pitón. Al otro lado de la calle estaban las bodegas de la Viña Canepa. Repentinamente se produce un sonido terrible, difícil de describir, acompañado de un haz de luz enceguecedor.- Pasados algunos segundos o minutos, no tengo conciencia de ello, me encontré sentado en el suelo al pie de una cortina metálica que era la puerta de la Bodega Canepa. Esto significa que literalmente “volé” de una vereda a la otra del frente. Observaba como gente corría en todas direcciones totalmente fuera de control. Movían los brazos y la boca en forma desesperada. Recién entonces comprendí que había ocurrido una explosión y que había quedado sordo fenómeno que me duró varios minutos. Al incorporarme y mirar la cortina metálica observe que esta estaba hundida con la silueta de mi cuerpo y no cabe duda que fue lo que me salvo la vida. No corrió igual suerte el Mayor de Carabineros que golpeó contra la pared y falleciera días después. Recobrada la conciencia, pero no la audición, pude ver con horror el terrible desastre que había a mí alrededor. Bomberos totalmente ennegrecidos por la explosión pidiendo auxilio, supongo, ya que no escuchaba nada, cuerpos inertes y mutilados por todas partes. Los tres bomberos que estaban en la escala telescópica colgaban de sus piernas que estaban entrelazadas en los palillos de la escala. Habían recibido en forma directa los efectos del cono expansivo de la explosión. Al rato llegaron más bomberos que subieron y fueron bajando uno a uno los cuerpos. Yo cooperé recibiéndolos al pie de la escala. No sé si estaban con vida o no ya que rápidamente los llevamos a un camión que apareció en la esquina de calle Rodríguez. Una vez que se completó el camión con cuerpos que llegaban de todos lados se dirigió raudamente a la posta. Sacamos varios cuerpos más del lugar de la explosión y los fuimos alineando en la esquina de calle Blanco con Freire. Por respeto a sus familiares no deseo entrar en mayores detalles, pero son visiones que jamás olvidaré. Después supimos que habían fallecido 50 personas siendo 36 de ellas bomberos además de 350 heridos. En el intertanto, producto de la explosión, el fuego había pasado al otro lado de la calle Blanco y empezaba a incendiarse la bodega de Canepa. Producto de la explosión ya no existía ninguna armada de ataque. Ante esta situación me dirigí rápidamente al Puesto de Mando que estaba en la Av. Brasil bajo el mando del Comandante Tito (Ernesto) Budge y como Capitán de la 1ª Cía. de Bomberos de Viña del Mar le ofrecí nuestra ayuda. La aceptó de inmediato y me pidió que despachara dos compañías de agua y una de escala. Debo recordar que en esa época Bomberos no contaba con equipos de comunicaciones y los teléfonos no funcionaban producto de la típica congestión que ocurre en esa fecha. Corrí lo más rápido que pude hasta mi auto que había dejado en calle Rodríguez esquina Brasil, el que encontré cubierto de vidrios y otros objetos. Se me dificultaba correr. Después descubría que al taco de mi zapato derecho le faltaba la mitad, presentando un corte en diagonal perfecto. No hay duda que fue una esquirla en la explosión. No recuerdo cuantos minutos demoré en llegar a mi Compañía pero estoy seguro que jamás igualaré ese tiempo.- Al llegar al cuartel me encontré con unos 15 bomberos ya listos con sus uniformes de trabajo que habían concurrido al escuchar las noticias por radio. Don Augusto Cisternas, nuestro gran Cuartelero, ya tenía los dos carros preparados, con sus motores calientes, listo para salir. Siendo el único Oficial tomé el mando y despaché, además de nuestra compañía, a la 2ª y 3ª yo, como maquinista conduje el otro carro. Fue una carrera impresionante. La ciudadanía, ya enterada de esta tragedia, nos despejaba las calles en forma inmediata, subiéndose a las veredas con sus autos y haciendo todo lo necesario para no entorpecer nuestro desplazamiento hacia Valparaíso. En aquella época cada compañía buscaba su propio abastecimiento por lo que armamos el grifo de Av. Francia esquina Brasil y estiramos material hasta la bodega de Canepa que ardía completamente con fuego muy violento. En ese momento nos avisan que en el interior de una de las bodegas había una bomba de bencina. Con la 3ª de Viña que había hecho otra armada, desde otro grifo, trabajamos codo a codo hasta que logramos controlar el fuego y así evitar una nueva explosión con consecuencias insospechadas.- De repente nos damos cuenta que está aclarando. Se me acerca el Comandante Budge para agradecer la cooperación del Cuerpo de Bomberos de Viña del Mar y nos autoriza para retirarnos. Eran, más o menos, las 06,00 horas A.M. De regreso en nuestro Cuartel nos sentamos en el borde de una vereda que tenía la pérgola en todo su largo. Nadie hablaba, todos en silencio. Solo se escuchaban nuestros sollozos que no podíamos contener. Cuanto rato estuvimos allí sentados, no lo sé, pero fue bastante. Nuestro Cuartelero Augusto nos preparó una taza de té caliente que nos vino muy bien. Ni siquiera se pasó lista. No podíamos hablar. Un nudo en nuestra garganta lo impedía. Di la orden de retirarse como a las 08:00 hrs. ya que nadie se movía de su lugar. Si,” fue una trampa injusta” como dijo alguien en las despedida de nuestros compañeros de ideales. A los funerales de los 36 mártires del Cuerpo de Bombero de Valparaíso asistieron delegaciones de todos los Cuerpos de Bomberos de Chile, el Presidente de la Nación Sr. Carlos Ibañez del Campo y los Ministros de Obras Públicas, de Hacienda, del Interior, de Educación y de Justicia. Además de los Alcaldes de Valparaíso y Viña del Mar y miles de ciudadanos que quisieron, con su presencia, rendirles un último homenaje a esos bravos bomberos que dieron su vida por la ciudad. El Cuerpo de Bomberos de Viña del Mar representados por la 1ª, 2ª y 4ª Compañías fue el primero en llegar a la tragedia, llamado a colaborar cuando ésta hizo estragos en los bomberos porteños. Con el pasar las horas llegaron bomberos de ciudades como San Bernardo, Cartagena, Casablanca, Quilpué, Villa Alemana, Limache y Quillota trayendo ayuda económica y medicamentos. También se hicieron presente los bomberos de la comuna de El Monte, quienes donaron $ 10.000.- y se pusieron a las órdenes del Comandante Budge; incluso al amanecer del 1º de enero, alrededor de las 06,00 A.M. llegó un grupo de bomberos de la 5ª Compañía “Bomba Arturo Prat” del Cuerpo de Bomberos de Santiago entre ellos venía el joven bombero, Agustín Gutiérrez Valdivieso, connotado historiador bomberil de Santiago. La noticia recorrió el mundo, impactando por lo dramático, fue el caso del joven médico viñamarino Hernán Lillo Nilo, quien se incorporó más tarde a la 7ª Compañía del Cuerpo de Bomberos de Viña del Mar como uno de sus fundadores, llegando a ser destacado Superintendente de ese Cuerpo en la década de los 90. Él Dr. Lillo Nilo se encontraba en el Saint Joseph’s Hospital, en Buena Vista Park, de San Francisco (California), haciendo uso de una beca cuando leyó en el titular del diario “San Francisco Chronicle” de la trágica noticia de Valparaíso. Al día siguiente (viernes 2), S. E. el Presidente de la República Carlos Ibañez del Campo viajó a Valparaíso a visitar a los heridos en compañía del Ministro de Salud doctor Waldemar Coutts; se encontrándose con su amigo José Orlando Serey Sagredo gravemente quemado; al verlo Serey se sonrió, falleciendo a las 19,00 horas de ese día. En el diario del Cuartel al despedirse el Superintendente señaló “Era una trampa injusta”, al despedir los restos frente a la Catedral y en presencia de S. E. el Presidente de la República don Carlos Ibáñez del Campo, los Ministros del Interior Guillermo del Pedregal y Hacienda Juan Bautista Rossetti, otras autoridades y miles de personas más señalaron; “Triste fue esta experiencia para nosotros!¡Espero que Dios no nos brinde esta prueba nuevamente ! Esta búsqueda se facilitó gracias a la valiosa cooperación que brindó nuestro bombero Vladimir. Huber, a la sazón Tesorero General del Cuerpo y Alcalde de Viña del Mar. William Kenchington M. Capitán Valparaíso, Enero de 1953. Podemos agregar que Carabineros encabezado por el Prefecto Vicente Ortíz Cornejo desarrolló una gran tarea, controlando a la gente que miraba el incendio y ayudando a la gente accidentada. También se lamentó el accidente en acto de servicio del Jefe de Ronda de esa noche, Mayor de Carabineros Raúl Albornoz Echiburú, Comisario de la 8ª Comisaría del Cerro Barón, quien tuvo a cargo el procedimiento policial en los primeros momentos del incendio, hasta el momento en que fue afectado por la explosión, resultando gravemente herido y con profundas quemaduras. Se cuenta que al estallar el polvorín, el Mayor Albornoz quedó envuelto en llamas y fue lanzado lejos por efecto de la explosión. Inmediatamente su ayudante, el carabinero Casanova se lanzó sobre él sofocando las llamas, hecho que le permitió ponerse nuevamente de pie y dar nuevas instrucciones para alejar del peligro al público que se encontraba en los alrededores y socorrer personalmente a lo menos a ocho bomberos heridos, de ello es testigo el bombero Luis Leyton (8ª Cía.). Fueron lesiones graves que fue llevado de urgencia al hospital naval y trasladado a Washington el 12 de enero de ese año y hospitalizado en el Walter Reed Military Hospital. Pese a estar junto a su esposa Edith Marti y su amigo el Dr. Edgardo Stockmeyer (de la Asistencia Pública de Valparaíso), fue operado y debido a su gravedad, y luego de la operación que le privó de su ojo izquierdo, el Mayor Albornoz falleció a las 11,00 A.M. horas el 27 de febrero, ya que tenía más del 40% de su cuerpo con quemaduras de tercer grado. Su cadáver fue enviado a Valparaíso por cuenta del gobierno de los Estados Unidos, donde fue esperado por su único hijo de 15 años que había ingresado ese año a la Escuela Naval “Arturo Prat”. El funeral del Mayor Albornoz se efectuó los primeros días de marzo, asistiendo, autoridades encabezadas por el Ministro del Interior, el General Director de Carabineros, Fuerzas Armadas y el Cuerpo de Bomberos de Valparaíso. La autoridad inculpó de esta tragedia a dos personas; el ingeniero Alejandro Lacalle Schemel de la Dirección de Caminos y Jefe Provincial del Departamento, contra quien se inició un sumario por lo cual renunció al cargo, desapareciendo de la ciudad; el otro inculpado fue Lupercio Enrique Díaz Riquelme, mayordomo de la bodega y del polvorín, quien según informes de la época habría estado ebrio esa noche y no informó a bomberos de los peligros que enfrentaban; estuvo preso, pero luego salió en libertad bajo fianza. No se sabe finalmente quien fue el responsable. Los diarios de la época señalan también detenidos como posibles responsables de la tragedia a don Octavio Silva Lataste, Jefe de Materiales de la Dirección de Caminos y al cuidador de la bodega Edmundo Lazo. El Alcalde de Viña del Mar Vladimir Huber Wuastavino, quien además era bombero de la 11ª Compañía y Tesorero General del Cuerpo de Bomberos de Valparaíso, despidió a sus camaradas a nombre de la vecina Ciudad Jardín señalando en emocionadas palabras “Señores: Hemos llegado una vez más a este recinto de silencio y eterno sueño con nuestra alma dolorida por una pena muy profunda, con un sentimiento de rebeldía en nuestro corazón, con una muda protesta en los labios ante los crueles designios del destino. Han muerto pero el olvido que constituye la verdadera muerte, no mancillará su gesta de altruismo y renunciamiento. Estarán en los cuarteles, en los ejercicios y en los siniestros aun cuando no los veamos, ni sintamos sus voces, ni estrechemos sus manos. El pueblo de Viña del Mar y su Ilustre Municipalidad me han encomendado el honor de ser vocero de sus sentimientos en esta solemne oportunidad. Lleguen hasta las autoridades del Cuerpo de Bomberos, hasta los deudos de sus nuevos héroes, hasta las autoridades de Valparaíso, las expresiones más sentidas de condolencias de la ciudad de Viña del Mar de este enorme duelo del cual participa todo Chile. Dios Todopoderoso recibe en tu seno celestial a estos mártires del deber y envía la suave luz de tu consuelo y de tu conformidad a los que aquí en la tierra quedan sufriendo su ausencia. También se les rindió un homenaje en calle Blanco frente al monumento a don Manuel Blanco Encalada, luego de una misa y responso a cargo del bombero y Capellán de la 12ª Compañía “Chile” de Santiago Rvdo. Enrique Moreno Labbé, al funeral asistieron el Intendente de la Provincia Luis Garín, el Superintendente del Cuerpo Carlos David Finlay Montenegro (3ª Cía.), el Vice-Superintendente del Cuerpo de Bomberos de Viña del Mar Roberto Alonso, el Director del diario El Mercurio Joaquín Lepeley y delegaciones de los Cuerpos de Bomberos de Santiago al mando del 3º Comandante Alfonso Casanova Digero, de Quillota al mando del Capitán Jorge Monsalve, de Quilpué al mando de su Comandante Carlos Miranda y de Viña del Mar. También se hicieron presentes delegaciones de las Fuerzas Armadas, Carabineros, Defensa Civil y Prisiones. En el cementerio fueron despedidos sus restos mortales por sus compañeros y se le rindieron los honores correspondientes a mártir de la Institución.https://youtu.be/HyAZV4G5r_c      
Valparaíso 1851 (hrm/cca)

Agradecemos colaboración del bombero Miguel Marín López, ex Secretario General, C.B.Viña del Mar
Archivo Histórico y Fotográfico de la Primera Cía."José Francisco Vergara" del C.B. Viña del Mar

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lunes, 10 de abril de 2017

Incendio del Cuartel de la Maestranza de Artillería del Ejército de Chile en Santiago el 27 de enero de 1880.

En la mañana del 27 de enero de 1880 la ciudad era sorprendida por un formidable estruendo precedido de un inexplicable sacudimiento de tierra, todo ello provenía del Cuartel de la Maestranza de Artillería, situado en el Parque Cousiño originando un dantesco incendio, que generó a continuación una densa columna de humo por el sur-poniente de Santiago, cuya magnitud no sólo amenazaba al histórico edificio, sino que a la ciudad entera, dado que en su interior se guardaba toda la munición que usaban las fuerzas chilenas en la Guerra del Pacífico. Grandes explosiones estremecían todo Santiago, el aterrorizante incendio del Cuartel de la Artillería el que a su vez era utilizado como el arsenal del Ejercito Expedicionario se inicia a las 09,30 de la mañana. El Libro de Guardia de la 3° Cía. del Cuerpo de Bomberos de Santiago señala qué; a las 10:15 A.M. se dio la Alarma de Incendio en el 4º Cuartel....Ya la primera explosión alertó a la población e hizo comprender que se había producido una gran catástrofe causando la muerte de una veintena de empleados y operarios de esa Unidad Militar al explotar una gran cantidad de granadas con que se llenaban los “saquetes” con pólvora. Luego el fuego ya amenazaba con llegar a la Santa Bárbara y hacer volar no sólo todo el arsenal, sino también gran parte de Santiago. Granadas y balas encajonadas y almacenadas en diversos sitios, también otra cantidad de pólvora y elementos para la preparación de todo tipo de elementos de destrucción al estallar sin dirección causaban aún más víctimas. Como ya se ha indicado en su extinción participó el Cuerpo de Bomberos de Santiago y les cupo una muy destacada labor a la 5° Cía. “Bomba América”, hoy “Bomba Arturo Prat”, a la 1ra. Cía. “Mapocho”, 2da. Cía. “Esmeralda” y 3ra. Cía. “Claro y Abasolo” entre otras. El terror incontenible se apoderó de los habitantes de las casas ubicadas en las inmediaciones del Cuartel, corriendo despavoridos para salvarse de los estallidos. Por otra parte la noticia se conoció de inmediato y por todas partes surgían las figuras de los bomberos que corrían presurosos a su Cuarteles, en busca de sus bombas, mucho antes que se oyera el tañido de las campanas de incendio. La marcha de las operaciones bélicas ciertamente era, el tema de conversación de todos los habitantes de la ciudad de Santiago en los comienzos del año 1880. Los 550 valientes soldados chilenos que llegaron a Moquegua sin encontrar mayor resistencia a lo largo de los cien kilómetros ingresados en territorio peruano, era el comentario obligado de todos aquellos que desde la capital seguían con el pensamiento la marcha victoriosa de la bandera nacional. Pero una catástrofe debía venir a poner una nota de dolor en el ambiente sereno y optimista me refiero al incendio del Cuartel de Artillería el 27 de enero de 1880. La lucha fue ardua y llena de peligros, pero el arrojo de los bomberos pudo más que el fuego, y éste se rindió después de algunas horas de incesante trabajo, evitando así una nueva explosión en el Cuartel de Artillería. El servicio que el Cuerpo prestó en esa ocasión a la ciudad de Santiago fue el más señalado de todos cuantos le ha prestado a través de los 153 años de existencia (1863-2013), pues en ningún otro incendio los habitantes de la capital han estado expuestos a tan ciertos e inminentes peligros. Y no sólo la ciudad fue beneficiada con la labor del Cuerpo; también lo fue la República que, gracias a esa labor, vio salvado el material bélico con que contaba para proveer a sus ejércitos en campaña. La Ilustre Municipalidad de Santiago, haciéndose eco del aplauso con que fue premiado el trabajo de los bomberos, acordó entregarles una medalla conmemorativa que recuerda la heroica jornada. Para ello citó a la jefatura del Cuerpo de Bomberos para informarle del acuerdo Municipal; que acordó entregarles una medalla conmemorativa que recuerda la heroica jornada. A inicios del siglo pasado aún quedaban pechos valientes que la lucían con el legítimo orgullo que da el deber cumplido. El Directorio estaba constituido en 1880 por los siguientes Oficiales Generales: Superintendente José Besa de las Infantas (1° Cía.), Vice-Superintendente Antonio del Pedregal ( 6° Cía.), Secretario General Pedro Montt Montt (6° Cía.), Tesorero General: Don Juan Domingo Dávila Larraín (1° Cía.), Comandante: Don Carlos Rogers G. (5° Cía.) y 2° Comandante: Don Tulio Ovalle G. (2° Compañía) El incendio con que los santiaguinos veían acercarse la completa destrucción del enemigo; en la mañana del día 27 de Enero del año 1880, una violenta explosión producía un devastador incendio en el Cuartel de la Artillería. Ese día la ciudad era sorprendida por un formidable estruendo precedido de un inexplicable sacudimiento de tierra todo ello provenía del Cuartel de la Maestranza de Artillería, situado en el Parque Cousiño originando un dantesco incendio, que generó a continuación una densa columna de humo por el sur-poniente de Santiago, cuya magnitud no sólo amenazaba al histórico edificio, sino que a la ciudad entera, dado que en su interior se guardaba toda la munición que usaban las fuerzas chilenas en la Guerra del Pacífico. Grandes explosiones estremecían todo Santiago, el aterrorizante incendio del Cuartel de la Artillería el que a su vez era utilizado como el arsenal del Ejercito Expedicionario se inicia a las 09,30 de la mañana. Ya la primera explosión alarmó a la población e hizo comprender que se había producido una gran catástrofe causando gran cantidad de heridos y muertos que trabajaban en esa Unidad Militar al explotar una gran cantidad de granadas con que se llenaban los “saquetes” con pólvora. Según el libro escrito por Ernesto Roldán, bombero de la 1ra. Cía. de Bomberos de Santiago, este señala; “La fuerza de la explosión y de las materias inflamables convirtieron en pocos momentos en un verdadero volcán el establecimiento e hicieron volar por los aires dos departamentos de él, produciendo horrible muerte a más de veinte obreros que allí trabajaban”. Este fue el ambiente en el cual los bomberos voluntarios del Cuerpo de Bomberos Armado, al escuchar el tañido de “La Paila”, campana que anunciaba los incendios a cargo de Nicanor Castro, 1° Cuartelero General de bomberos de Santiago, cambió los rifles y las balas por sus queridas mangueras y pitones, y raudamente acudieron al combate del incendio más importante en los 16 años y poco más de un mes de vida que tenía como institución.
Así comenzó otra lucha en Chile, en la que bomberos combatía a su peor enemigo, el fuego, el cual no daba tregua y amenazaba con alcanzar el polvorín, haciendo más extrema las labores de los bomberos, quienes rápidamente salieron al auxilio de la ciudadanía junto a sus carros porta-escalas, bombas a palancas y a vapor. Poco a poco dichas piezas de material mayor comenzaron a estacionarse a un costado de las acequias con el fin de succionar el agua que después saldría expulsada por los pitones de bronce. Mientras el personal bomberil hacía arribo a la entrada nororiente del parque Cousiño, donde se encontraba cimentado el Cuartel de Artillería, una decenas de compatriotas hacía lo contrario escapando del peligro, ya sea por las actuales calles Dieciocho y San Ignacio o por la emblemática Alameda de las Delicias, hoy Alameda Capitán General Bernardo O’Higgins Riquelme. Todo ello generó un verdadero pánico entre los habitantes de las inmediaciones del Cuartel, que en busca de seguridad para sus vidas huían despavoridos en todas direcciones. Felizmente el arrojo de los bomberos pudo más que el fuego, y éste se rindió después de algunas horas de incesante trabajo. El servicio que el Cuerpo prestó en esa ocasión a la ciudad de Santiago fue el más señalado de todos cuantos le ha prestado a través de los años de existencia, pues en ningún otro incendio los habitantes de la capital han estado expuestos a tan ciertos e inminentes peligros. Y no sólo la ciudad fue beneficiada con la labor del Cuerpo; también lo fue la República que, gracias a esa labor, vio salvado el material bélico con que contaba para proveer a sus ejércitos en campaña. Como ya se ha indicado en su extinción participó el Cuerpo de Bomberos de Santiago y le cupo una muy destacada labor a la 5° Compañía Cía. “Bomba América”, hoy “Bomba Arturo Prat”. El terror incontenible se apoderó de los habitantes de las casas ubicadas en las inmediaciones del Cuartel, corriendo para salvarse de los estallidos. Por otra parte la noticia se conoció de inmediato y por todas partes surgían las figuras de los bomberos que corrían presurosos a su Cuarteles, en busca de sus bombas, mucho antes que se oyera el tañido de las campanas de incendio. A este incendio asistieron las ocho compañías con las que contaba el Cuerpo de Bomberos en la época: 1° Cía. “Mapocho” – 2° Cía. “Esmeralda” – 3° Tercera Cía. “Claro y Abasolo” - 4° Cía. “Pompe France” – 5° Cía. “Arturo Prat” – 6° Cía. “Salvadores y Guardias de Propiedad” – 7° Cía. “Zapadores Franco-Chilenos” - 8° Cía. “Unión es Fuerza”. El Libro de Guardia de la 2° Cía. “Esmeralda” del C.B.S. informa que a las 09.25 A.M. del día de hoy 27 de enero de 1880, dos terribles estampidos anunciaron a Santiago que algo muy terrible había pasado y que con la rapidez del rayo se difundió por la ciudad la noticia que el Cuartel de Artillería había volado. La Campana anunció también a los bomberos que se exigía su presencia para enfrentar aquella catástrofe. Pocas veces las Compañías habían salido con la celeridad que en esta ocasión. La “Esmeralda” fue de las primeras Bombas en llegar, armó en la plazoleta que da al costado oriente del Cuartel de Artillería. Una vez que entraron al patio del Cuartel, que da a la calle de Castro, y en el que estaban las salas de artificio, lugar del siniestro, se dieron cuenta de lo que había pasado; aquello se asemejaba a ruinas causadas por un terremoto. Colocaron un pitón en una sala inmediata a aquella en que se había producido el accidente. Habiendo en este departamento una inmensa cantidad de municiones, granadas y una buena cantidad de pólvora, sobre ellas había caído en ella una buena porción de escombros ardiendo, era eminente el peligro. Afortunadamente en poco tiempo este había pasado, gracias a la cantidad de agua arrojada. Entre tanto, otras Compañías refrescaban el polvorín en el cual había aproximadamente de 200 a 300 quintales de pólvora, otras apagaban los restos de la sala que había volado. Era tal la idea que se había esparcido del peligro que había, que cuando los Carros Portaescalas y Bombas de las diferentes Compañías corrían por las calles y también a caballo al lugar del siniestro; igual que los carros policiales tocando a incendio, las familias cercanas a la Artillería huían espantadas a la Alameda pidiendo auxilio y pensando que se les acababa la vida en esos momentos. A la vez recibían los bomberos recibían súplicas suplicas para que no fueran en busca de la muerte, según describió el diario El Ferrocarril. Pero si alguna vez ha dado el Cuerpo de bomberos de Santiago pruebas de que tratándose del cumplimiento del deber; la vida de sus miembros es lo secundario, ha sido en este caso.
Hubo un momento en que la voz de que el fuego había llegado al polvorín, la inmensa concurrencia que había en el cuartel, loca de terror, se precipitó como una avalancha hacia las puertas de salida. En este momento en que hasta los centinelas, olvidándose de la disciplina y la consigna, abandonaron sus puestos, solo los bomberos se mantuvieron firmes y serenos. El mismo diario El Ferrocarril agrega: A las dos de la tarde todo peligro había pasado, a esa hora los bomberos de la Compañía de Salvadores y Guardia de Propiedad con la ayuda de Soldados del Ejército y de la Policía removieron los escombros, sacaron los cajones de proyectiles en peligro entre los cajones había una verdadera mina de granadas cargadas en el mismo punto donde habían estado colocados algunos pitones. Los heridos fueron trasladados a la casa de Magdalena Vicuña en calle Castro donde se improvisa un Hospital de Sangre. A las 18,00 A.M. recibimos la orden de retirarnos, quedando desde esa hora hasta las doce de noche, de guardia la 1° y 3° Cía. a quienes en suerte había cabido este servicio. A las ocho de la noche se reunió el Directorio, y acordó manifestar a todas las Compañías la complacencia con que había visto el servicio prestado por el Cuerpo, y que éste se hiciera constar en las hojas de servicios. “Durante todo el incendio y aún en los momentos de más peligro, sobre todo cuando se creyó que el Polvorín iba a estallar, nuestros Bomberos no abandonaron por un solo momento el lugar donde se les había colocado, ni entregaron a personas extrañas el pitón que se había confiado a su cuidado, mostrando una sangre fría y valor que merece elogios”. Asistieron a este incendio los siguientes “Segundinos”: 2° Comandante, Tulio Ovalle G. – Director, Ambrosio Rodríguez O. – Capitán, Carlos R. Ovalle, - Sargento 1°, Isidoro Becerra - Sargento 2°: Ricardo Valdés - Maquinista 2°, Rafael Molinari – Secretario, Urbano Prieto – y los bomberos; José Tomás Zelada - Rafael Reyes - Manuel A. Varas - Blas Saldes - Daniel Riquelme V. – Adrián Mandiola - Elías Moreno - Santiago Peñailillo - Octavio Echegoyen - Carlos Luco - José Miguel Luco - Emilio Moreno - Ismael Gajardo - Víctor Lillo - Víctor Gómez y Manuel Zaldívar. La 2° Cía. “Esmeralda” sufrió los siguientes deterioros: Un perno de la Bomba Palanca, una tuerca de un perno del 2º Gallo, Una cama de la rueda chica del primer Gallo. La Bomba a Vapor: un tubo roto, una cama i dos rallos quebrados, dos faroles de los manómetros y cuatro tiras de mangueras rotas. Los daños que sufrió bomberos en el incendio del Cuartel de Artillería fueron: rotura de mangueras debido al mal trato recibido al inicio del siniestro y la permanente presión de 100 libras que trabajó durante toda la emergencia. Maneas del caballo del gallo, Deterioro de la pintura por el uso al trasladar de cajones de granadas. Deterioro de la bomba y destrozo de sus correas. En el Libro de Guardia de la 3° Cía. “Claro y Abasolo” del C.B.S. se puede observar que informa que a las 10:15 A.M. se dio la Alarma de Incendio en el 4º Cuartel. Indicando como sitio amagado el Cuartel de Artillería donde había tenido lugar una gran explosión de pólvora con que se llenaban los “saquetes”, esta se inflamó i estallaron un sinnúmero de granadas. El material de la Tercera llegó al lugar amagado a las 10:30 A.M. dando agua a los diez minutos después. Después de un constante y penoso trabajo se extinguió el fuego a las 12,00 horas A.M. A la media hora después se retiraron todos los Bomberos dejando su material en la Artillería, a donde quedaron citados para reunirse nuevamente a las 18,00 P.M. Desde esta hora nuestra Compañía quedó de Guardia hasta las dos de la mañana, hora en que regresó al Cuartel con la Bomba de Vapor, pues la de palanca se había traído a las 12,40 P.M. No ha ocurrido desgracia personal a ningún miembro de la Compañía, ni al Cuerpo en general. Después de un constante y penoso trabajo se extinguió el fuego que debían apagar a las 12,00 AM. Media hora después se retiraron todos los Bomberos dejando su material en el Cuartel de Artillería, donde quedaron citados para reunirse nuevamente a las 18,00 PM. Desde esta hora nuestra Compañía quedó de Guardia hasta las dos de la mañana, hora en que regresó al Cuartel con la Bomba de Vapor, pues la de palanca se había traído a las 12:40 P.M. No ha ocurrido desgracia personal a ningún miembro de la Compañía, ni al Cuerpo en general. La Bomba de vapor se colocó en la calle Castro a una cuadra de la Artillería, y se extendieron mangueras hasta el polvorín colocándose el pitón sobre la muralla de circunvalación de este y a dos metros de distancia ocupándose solamente en refrescar sus murallas evitando de esta manera en que se vio de estallar. Después de pasado este peligro se colocó el pitón entre el taller de granadas i artificios i el salón de depósitos, ocupándose exclusivamente de extinguir el fuego que había en ese lugar. La Bomba a vapor fabricada en 1875 y puesta en servicio un año más tarde por la fábrica Merryweather and Sons de Londres se colocó en la calle Castro a una cuadra de la Artillería, y se extendieron mangueras hasta el polvorín colocándose el pitón sobre la muralla de circunvalación de este y a dos metros de distancia ocupándose solamente en refrescar sus murallas evitando de esta manera en que se vio de estallar. Después de pasado este peligro se colocó el pitón entre el taller de granadas y artificios y el salón de depósitos, ocupándose exclusivamente en extinguir el fuego que había en ese lugar. “Durante todo el incendio y aún en los momentos de más peligro, sobre todo cuando se creyó que el Polvorín iba a estallar, los bomberos “Tercerinos” no abandonaron por un solo momento el lugar donde se les había colocado, ni entregaron a personas extrañas el pitón que se había confiado a su cuidado, mostrando una sangre fría y valor que merece elogios. La 3° Cía. “Claro y Abásolo” Con motivo del Incendio ha sufrido los siguientes deterioros: Un perno de la Bomba Palanca, una tuerca de un perno del 2º Gallo, una cama de la rueda chica del primer Gallo. La Bomba a Vapor: un tubo roto, una cama i dos rallos quebrados, dos faroles de los manómetros y cuatro tiras de mangueras rotas. Superintendencia del Cuerpo de Bomberos de Santiago. Santiago, Enero 29 de 1880. Señor Director: El Directorio del Cuerpo de Bomberos en su última sesión, acordó, por unanimidad de votos, pasar a todas las Compañía la presente nota, manifestándoles su reconocimiento por los sobresalientes servicios prestados por los Bomberos que asistieron a salvar a la ciudad entera el día 27 del corriente, fecha del fatal accidente ocurrido en la Maestranza de Artillería. Sin la animosidad i entusiasmo de los Bomberos, indudablemente habríamos tenido que lamentar una de las grandes desgracias cual es, la perdida de la mayor parte de nuestra población, i la perdida al mismo tiempo, del material y municiones destinadas a continuar la guerra en que nos hallamos envueltos. Por esta razón, el Directorio, al acordar este voto de aplauso, convino también indicar a las Compañías la justicia que habría en estampar la asistencia de cada miembro del cuerpo a ese acto, en su foja de Servicios, como una nota especial. Igualmente ruego del señor Director. M.A.SS Antonio del Pedregal ( 6° Cía.) Vicesuperintendente Por el Secretario General M. Prieto. “Tercera Compañía” del Cuerpo de Bomberos de Santiago. Santiago Enero 30 de 1880. Señor Vicesuperintendente. Me fue verdaderamente sensible no concurrir en razón de una ligera indisposición al acuerdo unánime del Directorio que tributó, en medio de la glacial indiferencia de todos los poderes públicos de la capital, un homenaje de gratitud a los hombres heroicos que la salvaron i los salvaron. Desde la memorable hecatombe de la Iglesia de la Compañía nunca había pasado Santiago por igual peligro ni nunca fue domado este con más levantado y resuelto heroísmo, porque si bien se ha juzgado prudente disminuir más tarde no la inminencia sino la extensión de la catástrofe, no es menos cierto que los incomparables Bomberos de Santiago han trabajado durante tres horas a sabiendas que luchaban no con las llamas sino con la muerte. La ruina de la Maestranza de la Artillería no fue, señor Vicesuperintendente, un incendio, fue una batalla. Y de esas batallas sordas y sin gloria en que se cae al pie del muro sin descansar en una cama, los Bomberos. Por esta razón Señor Superintendente, me adhiero a la ofrenda calurosamente consagrada al heroísmo que no tiene otros estímulos que el deber mismo. He pasado en consecuencia, en original la nota que se ha servido enviarme para que se conserve en el archivo de la Tercera Compañía, rogando a su digno y valiente Capitán de cuyos esfuerzos fui testigo, la ponga en la Orden del Día para conocimiento de los Voluntarios i auxiliares i se haga la inscripción debida en las hojas de Vida de los que se hallaron presentes, entre los cuales solicito un puesto, como mi estreno en el Servicio. Dios guarde a Ud. Benjamín Vicuña Mackenna Director Libro de Guardia de la “Tercera Compañía” del Cuerpo de Bomberos de Santiago. Orden del día: Nota del Señor Director: Santiago, Enero de 1880. Señor Capitán: Tengo el honor de poner en sus manos como un timbre de alto honor para la 3ª Compañía de Bomberos de Santiago que usted tan dignamente manda, la nota original que el Directorio se ha servido dirigirme para constatar que la conducta de Bomberos y Auxiliares que asistieron al incendio de la Maestranza del Cuartel de Artillería el 27 del presente, han empeñado con justicia la gratitud del Cuerpo. Dígnese Ud. Poner esa nota en la Orden del Día y disponer que el Secretario haga las anotaciones correspondientes para que sirvan, no de aliento (que esto no lo ha de menester) sino de premio merecido a nuestros queridos compañeros. Dios guarde a Ud. Benjamín Vicuña Mackenna. Director Los bomberos “Tercerinos” que asistieron al Incendio del 27 de Enero de 1880, fueron los siguientes: 01.- Benjamín Vicuña Mackenna, Director - 02.- Antonio P. 2º Vergara, Secretario - 03.- Arturo Santos, Tesorero - 04.- Jacinto Varas, Capitán - 05.- Gregorio Ortiz, Teniente 1º - 06.- Vicente Navarrete, Teniente 2º - 07.- Alejandro Garfias, Teniente 3º - 08.- Máximo Reveco, Sargento - 09.- José María Oyarzun, Maquinista 1º - 10.- Ventura Cadíz - 11.- Francisco Maldonado - 12.- Emilio Cádiz - 13.- David Valenzuela - 14.- José Feliz Donoso - 15.- Tristán Urzúa - 16.- Rafael Dorén - 17.- David Molina - 18.- Sandalio Letelier - 19.- Rómulo Correa - 20.- Adolfo Vargas - 21.- Carlos Charpin, 22.- Juan Zanoletti - 23.- Eduardo Kinast - 24.- Pedro Gutiérrez - Olegario Briceño - Federico Frías - 27.- Filomeno Espejo - 28.- Manuel Barbier - 29.- Adolfo Breull, 30.- Joaquín Navarrete - 31.- Nicomedes Cruzat - 32.- Arturo Mazagoitía - 33.- Amador Balmaceda - 34.- Elías Serce - 35.- Amador J. Duran - 36.- Francisco Bravo F. - 37.- Zoilo Ortiz - 38.- Rodolfo Otero, 39.- Juan Boza - 38.- Amador Orrego - 39.- Antonio Cárdenas L. - 40.- Juan de Dios Pozo - 41.- Pedro P. Doren, 42.- Vicente Caballero, 43.- Ramón Contador - 44.- José Domingo Pizarro - 45.- Adolfo León, 46.- Martín Steinford - 47.- Pedro P. Doren - 48.- Isaac Serce (Asistió solo en la mañana). (Firmado) por el Ayudante de La Heroica y el Secretario Antonio P. 2º Vergara. Al revisar el Libro de Guardia de la 5° Cía. “Arturo Prat” del C.B.S. a cargo del Oficial Teniente 1° Eugenio Infante Costa se comprueba que la “Quinta” demoró 15 minutos en dar agua y lanzar los primeros chorros en la Santa Bárbara desde el momento de la explosión antes que la campana diera la alarma. Textualmente el oficial de Guardia Tte. 1° Infante anota: “La Compañía a la que tuve el honor de mandar en esta terrible catástrofe trabajó admirablemente, con un arrojo i heroísmo incalificable. No hubo uno solo de los voluntarios que abandonara su puesto por huir. La Compañía en esta circunstancia ha dado prueba una vez más que sabe cumplir con su deber i llegar hasta el heroísmo si es necesario guiados por la sombra del inmortal Arturo Prat que con su ejemplo nos ha enseñado el camino que debemos seguir y que supimos iniciar i habríamos terminado si las circunstancias así lo hubieran exigido”. Y agrega describiendo el trabajo del primer pitón: “El pitón se colocó en el mismo lugar en que estalló la explosión, al lado de la Santa Bárbara la que se temía que estallara de un momento a otro; en este primer momento puede decirse que tuvimos que sostener una verdadera batalla en medio de la gran confusión que existía en el interior del Cuartel; los quejidos de los moribundos i las explosiones parciales de los cajones de granadas que existían debajo de los escombros”. Los daños que sufrió bomberos de la 5° Cía. “Arturo Prat” en el incendio del Cuartel de Artillería fueron: Rotura de mangueras debido al mal trato recibido al inicio del siniestro y la permanente presión de 100 libras que trabajó durante toda la emergencia. Maneas del caballo del gallo, Carro de Carbón con pintura dañada por el uso para traslado de cajones de granadas. Abolladura de la bomba y se perdieron sus correas. Este incendio es parte de la rica historia “Quintina” y descubrimos que es el inicio de la frase "Firme la Quinta", creada por el bombero Gustavo Ried Canciani, bombero de esa Unidad y que inicialmente formó parte de la 2° Compañía de Bomberos de Valparaíso formada por la colectividad alemana, a la cual también pertenecía su padre el Dr. Aquinas Ried fundador de esa Unidad, más tarde denominada “Bomba Germania”. Gustavo Ried era el padre de Alberto Ried Silva “Quintino y posteriormente fundador del Cuerpo de Bomberos de Ñuñoa, historiador y escritor bomberil de excelencia. En la capital de un Chile en guerra entre 1879 y 1883, el pánico y el espanto imperaban en la mañana del 27 de enero de 1880. Este incendio originó variados cambios en la manera de actuar bomberil de la época, en el que diversos integrantes de los Cuerpos de Bomberos existentes cambiaron su cotona por la guerrera de soldado, demostrando su patriotismo en las batallas que se sucedieron. El tremendo y aterrorizante incendio del Cuartel de Artillería, que servía de arsenal al Ejército Expedicionario, había empezado a las 09,30 horas A.M. El fuego que siguió impenetrable y porfiado, amenazaba con llegar a la Santa Bárbara y hacer volar gran parte de Santiago. Asimismo otros miembros prestaron servicios en las secciones administrativas del ejército y mediante un trabajo silencioso contribuyeron al éxito político y militar que desencadenó la gloria para la comunidad chilena que combatió durante dicha batalla del siglo XIX. En otro aspecto y con el fin de aportar en lo que se pudiera, diversos Cuerpos de Bomberos acudieron al Palacio de La Moneda con el fin de disponer de sus bomberos para los requerimientos que fueran necesarios. Fue así como el Gobierno de la época encabezado por el Presidente de la República, don Aníbal Pinto Garmendia acogió de inmediato el ofrecimiento y se reactivaron los Cuerpos de Bomberos Armados, como el de 1866 que viajó a Valparaíso, los cuales estaban principalmente destinados a cubrir a las tropas que se encontraban en combate y en la cárcel, además de prestar ayuda en la movilización de los heridos. Cabe destacar que las Compañías de las colectividades (Alemanas, Francesas, Británicas, Italianas entre otras) mantuvieron su status y no participaron como el resto del personal, todo esto con el fin de no involucrar a las naciones y asentamientos extranjeros que representaban en el conflicto armado que se estaba desarrollando en el norte de Chile. De esta manera el accionar bomberil de un minuto a otro pasó a cobrar un sentido vital para el quehacer nacional, en donde el trabajo silencioso de los bomberos, pasó a ser parte fundamental de la campaña militar que se estaba desarrollando contra la milicia de Perú y Bolivia. Fue en este contexto, cuando los Cuerpos de Bomberos pasaron a tener una doble función que se vio en su máximo esplendor el 27 de enero de 1880, para el incendio en el Cuartel de Artillería de Santiago, denominado como Santa Bárbara, el cual servía de parque y maestranza de aprovisionamiento del ejército. Cabe destacar que en ese entonces, la Guerra del Pacífico se encontraba con la Región de Tarapacá consolidada por los chilenos, cuyas tropas se preparaban para la segunda campaña terrestre con el objetivo de llegar hasta Tacna y Arica, territorio peruano. Para esto, en el cuartel de artillería se guardaba la pólvora y se confeccionaba todo tipo de material de guerra que después serían utilizados en la batalla, convirtiendo este recinto en un emplazamiento clave para los intereses nacionales. No obstante los problemas presentados, los bomberos voluntarios de la 5° Cía. “Arturo Prat”, arrastraron su Bomba “Arturo Prat”. Al foco mismo del incendio sin que nada los detuviera. A los gritos de advertencia del pueblo haciéndoles ver que era tarde, que la explosión inmensa ya llegaba y era holocausto inútil el continuar, los “Quintinos” respondían con frases de aliento, de fe y de esperanza. En medio de esa visión apocalíptica la “Quinta” avanzaba por calle Dieciocho hasta llegar a las puertas del Cuartel de Artillería, que tenía su entrada por Avda. Beauchef. En ese portón, sable en mano, el valiente Capitán (Marcial) Urrutia trató de impedirles la entrada por considerar que era sacrificio inútil. Sin embargo, Gustavo Ried Canciani; un “Quintino” a cargo en ese momento de la Compañía - aprovechó una distracción del Capitán para franquear la entrada y gritar: "Adelante la Quinta”..... y la Bomba, el Gallo y los bomberos “Quintinos”, en medio de explosiones, llamas calor infernal, atravesaron el patio, los Talleres de Artificio y el Polvorín. Tomaron posición cerca de una acequia y armaron. Era la primera Compañía, de las ocho existentes, que dieron agua para enfrentar el siniestro. El aire era infernal y peligroso. Un casco de granada dio en la camisa de bronce de la Bomba “Arturo Prat”, abollándola y dejando para siempre esa huella de honor. Solo instantes se necesitaron para que la noble máquina empezara a lanzar sus primeros chorros de agua. La esperanza nacía y el Capitán Urrutia, ahora ya sonriendo y celebrando la astucia de Ried, se acercó a abrazarlo y a conversarle. En esos momentos también llegaban las otras Compañías de Agua. La amenaza de la explosión de la santabárbara, no había pasado. El peligro era permanente. De pronto se oyó un terrorífico alarido: "El Polvorín va a estallar..." Hubo silencio de espanto. Silencio roto, solamente por el ruido acompasado de los cilindros de la Bomba “Arturo Prat”, que ufana, humeante de vapor, seguía bombeando agua. Pocos segundos después, al de la máquina se añadía el taconeo de pisadas de los que se retiraban obedeciendo órdenes perentorias del Capitán Urrutia. Era tregua de muerte, era la calma que precedía al temporal, la catástrofe que se acercaba. La orden de retirada era para todos y todos la habían oído y se empezaba a evacuar el arsenal. Los ánimos se abatieron y el dolor se apoderó de los bomberos. No había palabras. Sólo silencio mortal, trágicamente matizado con escapes del vapor de las bombas, crepitar de llamas, balas y granadas perdidas, que estallaban por doquier. Un grito, una orden cruzó el aire: ¡Nadie se mueva FIRME LA QUINTA! fue dada con voz tranquila, ronca y de héroe, por Gustavo Ried Canciani, de la “Quinta”. Volvió el temple a las almas, los corazones se aceraron. Metros más allá, el “Quintino” Enrique Rodríguez Cerda, en el umbral mismo de la santabárbara, en la puerta misma de ese averno, inmóvil y sereno, como quien está dentro de una fresca catedral, continuó lanzando el chorro de agua del pitón contra el material ultra explosivo. Impertérrito, siguió en su puesto gracias al grito de Ried, y seguía su lucha contra esa montaña temible y alarmante que en un instante podía volarlo, destruir todo el pertrecho bélico que se necesitaba para continuar la guerra, y volar a la vez gran parte de la urbe santiaguina. Y firme quedó la Quinta y firme quedaron todos los heroicos bomberos de las otras Compañías. Era la víspera de las campañas de Tacna y Arica y los Bomberos de Santiago las habían hecho posible. Así describió Daniel del Solar en un relato histórico publicado en la revista El Teniente V° XI N°1 el origen del grito ¡FIRME LA QUINTA! que tantas veces han repetido los “Quintinos” para darse ánimos en situaciones de incertidumbre y peligro. Los “Quintinos” que asistieron al incendio de la Artillería y trabajaron en él durante las horas de peligro fueron los siguientes: Comandante: Carlos Rogers Gutiérrez, Teniente 1°: Eugenio Infante Costa, Teniente 2°: Guillermo Swinburn Kirk, Ayudante: Manuel Avalos Prado, Secretario: Rafael Minvielle Uriarte, Tesorero: Tomas Mouat Smith, Maquinista: Enrique Benoist Benedetti, Cirujano: Tomás Torres Echavarría, Bomberos: Gustavo Ried Canciani, Enrique Rodríguez Cerda, Waldo Silva Palma, Ignacio Santa María, Fernando Tupper, Claudio Vila Magallanes, Roberto Prado, Jorge Rodríguez, Rolando del Solar Echeverría, Julio Salinas, Víctor Olate, Juan Thierold, Arturo Stuven, Cuartelero Andrés Norambuena, Ayudante de Cuartelero Manuel Valenzuela De la Sexta Compañía “Salvadores y Guardias de Propiedad”: solamente se ha conseguido los bomberos asistentes al incendio del Cuartel de Artillería: Capitán Sr. Claro y Bomberos Srs. Tiska, Alvares, Becerra, Prado, Wormald, Ovalle, Cerda, Renjifo, Pedregal, Enriquez, González, Izquierdo, Freire, Montt. Respecto al incendio del Cuartel de Artillería, Benjamín Vicuña Mackenna expresó su pensamiento: “ Desde la hecatombe de la Iglesia de la Compañía, nunca había pasado Santiago por similar peligro, ni nunca fue domado éste con más levantado y resuelto heroísmo; porque si bien se ha juzgado prudente disminuir más tarde, no la inminencia, sino la extensión de la catástrofe, no es menos cierto que los bomberos de Santiago han trabajado durante horas a sabiendas de que luchaban no con las llamas sino con la muerte. La ruina de la Maestranza de la Artillería no fue un incendio; fue una batalla y de esas batallas sordas y sin glorias en que se cae al pie del muro sin divisar en su cima la bandera”. ”El Ferrocarril” publicó que las pérdidas se calculaban en treinta mil pesos y junto a las nóminas de muertos, heridos y desaparecidos señala las casas vecinas que sufrieron perjuicios. En una de la calle Castro estalló una granada quedando reducida a cenizas. Trozos de madera cayeron en los tejados de otras casas hundiéndolos. Un trozo que cayó en el Hospital de sangre pesaba dos arrobas. No quedaron vidrios en las calles entre San Diego y Ejército Libertador. En casa de doña Magdalena Vicuña cayeron cuatro granadas y una cayó sin reventar al lado de un valiente soldado del Chacabuco herido en Tarapacá y que convalecía en Santiago. Muchas granadas han reventado más allá de la Penitenciaría y otras en el camino de Cintura. El mismo diario dice “lo que hubo de más doloroso en la escena fue, que cuando llegaron los primeros bomberos de la Quinta se oían gritos desesperados de los heridos que se agitaban moribundos en medio del fuego, en el taller de mixtos, gritos de cruel angustia que ponían de relieve el martirio de aquellos desgraciados, gritos que helaban el corazón y hacían subir la sangre al cerebro. No era posible sacarlos de en medio de las llamas de esa hoguera colosal”. Zenón Freire como Intendente y Presidente de la Municipalidad firma el decreto que concede una medalla de plata a los Voluntarios que sirvieron en el momento de peligro y una de cobre a los Auxiliares, igual a ésta se concederá a los trabajadores de la Maestranza que recomienda el Coronel Maturana en el parte que pasó al Supremo Gobierno. A los particulares que se distinguieron ese día se les enviará una nota de agradecimiento. Nunca se supo cómo se originó este incendio, si fue sabotaje o simple descuido. Los testigos más cercanos volaron por los aires llevándose el secreto Vicuña Mackenna 1831-1886 fue un hombre multifacético, revolucionario, tomó las armas junto a su padre y hermanos en el motín de Urriola, su fracaso le valió una condena a muerte. Sin embargo, logró escapar de la cárcel y tomar parte en los alzamientos de Illapel y Aconcagua a raíz de la Revolución de 1851. Ya en Chile, volvió a la política, luchando por la libertad cívica en los artículos publicados en “La Asamblea Constituyente” y participando más tarde en el movimiento revolucionario de 1859 en contra del gobierno de Manuel Montt. Luego de caer preso fue deportado a Inglaterra, con los hermanos Manuel Antonio y Guillermo Matta. Este hombre visionario, agitador, político, bombero y filántropo; historiador, Intendente, Diputado y Senador, escritor infatigable, uno de los personajes más importantes de nuestra historia nacional. Fue Intendente de Santiago y en 1872 la transformó. Se hizo popular por las obras realizadas, entre otras; remodelación del cerro Santa Lucía, la canalización del río Mapocho, la construcción del Camino de Cintura y la arborización de plazas y avenidas- le granjearon una popularidad tan contundente que su proclamación como candidato a la presidencia para las elecciones de 1875 surgió casi espontánea. Sus últimos años Vicuña Mackenna se retiró juntó a su esposa Victoria Subercaseaux Vicuña a la tranquilidad de su fundo Santa Rosa de Colmo, en Aconcagua. Allí, falleció en el verano de 1886, siendo muy sentida por todo el pueblo, por la clase política y la intelectualidad del país, que le tributaron un último homenaje en una de las exequias públicas más masivas que recuerde la historia nacional.

Valparaíso 1851 (hrm/cca) 

Ernesto Roldán, 1° Cía. "Mapocho" C.B.S. - Libro "Firme La Quinta", de Agustín Gutiérrez Valdivieso "Tío Pitín" - 5° Cía. C.B.S. - Libro “Fuego” de Antonio Márquez Allison, 14° Cía. C.B.S. - 120 años de Unión, Constancia y Disciplina. - Archivo fotográfico “Valparaíso 1851”. - Archivos 2° Cía. “ESMERALDA” del C.B.S. - Archivos 3° Cía. “Claro y Abasolo” del C.B.S. - Archivos 5° Cía.“Arturo Prat” del C.B.S. - Archivos 6° Cía. - “Salvadores y Guardia de Propiedad” del C.B.S. - Archivos 8° Cía. “Unión es Fuerza” del C.B.S. - Archivos del Cuerpo de Bomberos de Santiago.

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